Hasta ese vertedero, literal y figurado, ha viajado Pablo Iglesias para decirles a los cubanos, antes de volver a Galapagar, que no están tan mal
NotMid 28/03/2026
OPINIÓN
ANDRÉS TRAPIELLO
A Cuba llegaron en septiembre de 1995 unos cuantos escritores, críticos literarios y editores españoles, al frente de los cuales iba la entonces ministra del ramo, la socialista Carmen Alborch, del último gobierno de González. Javier Tusell, Carmen Martín Gaite, Juan Marsé, Antonio Gala, Rubert de Ventós, Luis Alberto de Cuenca, Carlos García Gual, Sarrión, Chus Visor, Luis Racionero y Manolo Borrás, entre los que recuerdo. Había anunciado su presencia Caballero Bonald, que no apareció, y la renuncia de Muñoz Molina en el último minuto le permitió a una subalterna que trabajaba en el Ministerio, amiga mía, colarme por la puerta de atrás en esa ilustre colla. Cuando le di las gracias, me sugirió: «Mejor no digas nada. En todo caso, de no ser tú, sería otro». Lo decía por el billete, ya pagado. Viajamos en primera. La ministra, en gran clase y en el mismo avión, al margen del rebaño. En las diez horas que duró el vuelo no se le vio el pelo (teñido de rojo, como no podía ser de otro modo).
Vivía Cuba en aquellos días lo que se conoció como «Período especial». Especial porque, tras la caída del bloque socialista, Cuba había dejado de vender a la Unión Soviética azúcar al doble de su valor y los rusos a la nomenklatura cubana coches soviéticos a mitad de precio. En la isla no había de nada, ni gasolina ni medicinas ni alimentos. Por las noches barrios enteros de La Habana permanecían a oscuras, y la poca gente que se aventuraba a salir se alumbraba con linternas. Cuando no parecían zombis de una sesión de santería, la estampa tenía su encanto, como luciérnagas.
Las farmacias llevaban meses con las estanterías vacías. Los mancebos que habrían tenido que dispensar los medicamentos, si los hubiera habido, permanecían cruzados de brazos durante horas. A uno le pregunté si no era mejor cerrar, e irse. No entendió la pregunta. Si no abría, no cobraba (una miseria, diez dólares al mes, y, con todo, un privilegiado).
La situación de los mercados (visité un par de ellos) no era mejor. Traían de los pueblos cercanos las pocas hortalizas que le habían escamoteado al cerdo de la familia (criado en la clandestinidad) y las piltrafas de carne, en las que se posaban unas moscas verdes con destellos metálicos, daban grima.
Borrás y yo visitamos esos días a Cintio Vitier y Fina García Marruz, los dos últimos históricos de prestigio que le quedaban al comunismo. Dos ancianos. Estupendos poetas, fanatizados hasta el delirio (cuando Fina interrumpió la conversación para acopiar agua en la única hora en que llegaba a su casa, le pregunté: «¿Y esto del agua?». «Es solo transitorio», respondió seráfica).
Se hablaba mucho entonces del «final del Régimen», y llevaba uno la ilusión de asistir al final de Castro, como se vio el de los Ceaucescu. Dentro y fuera de la desdichada isla se oía repetir con esperanza: «Ahora sí, esto no puede durar». La situación económica era insostenible y la dictadura estaba quebrada, desde luego, pero por dentro era aún peor: una mayoría vivía moralmente emputecida. Pasó uno la mayor parte de aquellos diecisiete días en compañía de Antón Arrufat, a quien conocí entonces, gran escritor. El régimen, que lo depuró durante diez años (lo mandó a barrer una biblioteca pública), acababa de levantarle el castigo. Un hombre destruido. Marsé, que había viajado a Cuba treinta años antes (cuando el partido comunista pagaba en putas la propaganda), le preguntó consternado: «Pero Fidel es un gran hombre, ¿verdad?». Entre nuestra comitiva había también unos cuantos que lo llamaban Comandante (como Caudillo), muy partidarios también de las jineteras. Pensaban igualmente que aquello sería transitorio (las privaciones, no las jineteras).
Y en efecto, apareció Hugo Chávez, que empezó a venderle a Cuba el petróleo a mitad de precio y a comprarle por el doble de su valor médicos y asesores de la Revolución, especialistas en la exportación del terrorismo y las guerrillas a toda América Latina y media África, a menudo contra regímenes democráticos.
Fue entonces cuando oí decir por primera vez que los principales problemas de los cubanos eran tres: desayuno, comida y cena.
Quién hubiera podido imaginar entonces que la cosa duraría otros treinta infiernos: aquello es solo un vertedero, literal y figurado. Y hasta él ha viajado Pablo Iglesias para decirles a los cubanos, antes de volver a Galapagar, que no están tan mal, y darles ánimos («estas dificultades son solo transitorias»). Del vídeo que él mismo ha colgado en las redes sociales llaman la atención un par de cosas: la camisa azul que lleva (recuerda la de José Antonio en el famoso mitin del teatro de La Comedia, arremangada por encima de los codos) y La Habana desierta, una necrópolis. Lo cierra con un abrazo al dictador Díaz-Canel. Dos hombres de paz (la de los muertos). Pero es de agradecer que proclame tan a las claras que es amigo de un despojo político, igual que RZapatero lo es de quien ha enviado a la cárcel a miles de venezolanos.
Por ir resumiendo. La televisión pública acaba de contratar a PIglesias. Su partido político representa menos del 3% del censo electoral, apenas un millón de cuarentaicinco millones de españoles. Se decía que quien controla el Gobierno controla el Boe. PIglesias lo refinó aún más hace años: quien controle Tve se hará con el Gobierno, la herramienta más eficaz para destruir un país, si te lo propones.
El resto de este artículo te lo puedes imaginar, mon semblable.
