El neurocientífico británico desafía siglos de filosofía al proponer que la conciencia no es un misterio místico, sino un truco biológico para mantenernos vivos.
NotMid 08/01/2026
Ciencia y Tecnología
Hace cinco años, un hombre dejó de existir por tercera vez en su vida. No estaba dormido; si lo hubiera estado, el bisturí del cirujano le habría despertado al instante. Se hallaba sumido en una profundidad mayor, más cercana a la muerte que al descanso. Mientras su cerebro se inundaba de fármacos, experimentó el desmoronamiento de su propia presencia: una oscuridad absoluta donde el tiempo simplemente se evaporó.
Ese “viajero del olvido” es el neurocientífico Anil Seth (Oxford, 1972). Aquella experiencia bajo anestesia es el punto de partida de su obra La creación del yo (Sexto Piso), un libro que aspira a redefinir nuestra comprensión de la existencia humana. Seth, codirector del Centro Sackler de Ciencia de la Conciencia, sostiene una tesis provocadora: nuestra realidad no es un reflejo objetivo del mundo, sino una «alucinación controlada» generada por el cerebro para garantizar nuestra supervivencia.
Del «Problema Difícil» al «Problema Real»
Durante décadas, la ciencia ha chocado contra el “problema difícil” de David Chalmers: ¿cómo es posible que la materia física (neuronas) genere sensaciones subjetivas (el rojo del rojo, el dolor de una muela)? Seth propone una estrategia distinta: el problema real.
“No vamos a llegar a un momento ‘eureka’ donde digamos: ‘Ah, así es como se obtiene la experiencia a partir de la materia’. Estamos disolviendo el problema, no resolviéndolo”, explica Seth.
Para el autor, cuanto más entendemos los mecanismos biológicos que predicen y controlan nuestra fisiología, menos extraño resulta que la materia tenga experiencias. La conciencia, según Seth, no es un software ejecutándose en un ordenador de carne; es una propiedad de los seres vivos.
¿Vivimos en una ficción biológica?
Si nuestra percepción es una construcción interna, ¿existe la objetividad? Seth es claro: el cerebro no es una ventana al mundo, sino una máquina de predicción.
- La percepción es constructiva: El cerebro hace su “mejor suposición” sobre lo que hay fuera basándose en señales sensoriales limitadas.
- El control es la clave: A diferencia de un sueño o un brote psicótico, nuestras percepciones están “controladas” por la realidad física. Si cruzas la calle y viene un coche, tu cerebro calibra su alucinación para que sobrevivas.
- El velo de la mente: “El color no existe independientemente de una mente. Lo que la realidad ‘realmente es’, depende de tu cerebro”.
Esta visión invita a una humildad perceptiva. Si aceptamos que nuestra visión del mundo es una interpretación, podríamos ser menos dogmáticos y más empáticos con las subjetividades ajenas, combatiendo así las “cámaras de eco” sociales.
La IA y el “olvido del silicio”
En plena fiebre por la Inteligencia Artificial, Seth se muestra escéptico ante la idea de máquinas sintientes. Para él, la conciencia está anclada al “animal-máquina”: sentimos porque estamos vivos y necesitamos regular nuestro cuerpo.
- El riesgo de la IA: “Nos volvemos psicológicamente vulnerables si sentimos que interactuamos con algo que tiene experiencias conscientes, aunque no las tenga”.
- El error del transhumanismo: Seth califica de “error de categoría” el proyecto de subir la mente a la nube. “Si crees que necesitas escanear tu cerebro molécula a molécula para preservarte, estás admitiendo que el cerebro no es un ordenador. En lugar de un paraíso digital, lo más probable es que encuentres el olvido del silicio. No habrá nadie allí”.
El fin del excepcionalismo humano
Copérnico nos quitó del centro del universo, Darwin nos arrebató el trono de la creación y Freud cuestionó nuestra racionalidad. El trabajo de Seth parece dar el golpe final: la conciencia no es un don divino, sino un mecanismo de regulación compartido con pulpos y vacas.
Sin embargo, para Seth, esto no es una pérdida, sino una expansión: “El descubrimiento de que la Tierra no es el centro del universo hizo que este se volviera mucho más maravilloso. Al entender la conciencia como un fenómeno natural, ensanchamos nuestro sentido de belleza y asombro por ser parte de la naturaleza”
Agencias
