NotMid 08/02/2026
OPINIÓN NotMid
La verdad no admite decorados. El país no se tragará —por más que intenten endulzarlo con puestas en escena y utilería institucional— la pretensión del régimen de perpetuarse como si el 3 de enero no hubiese ocurrido, y como si el mandato contundente de las urnas en 2024 fuera un simple eco lejano.
Observamos con detenimiento las maniobras urdidas tras bambalinas. Intentan edificarle a los usurpadores una suerte de “puente de plata” que facilite la prolongación de un mandato espurio, nacido de la ilegalidad de aquel 10 de enero de 2025.
No se trata de “quedarse encadenados al pasado”, como pregonan algunos voceros del acomodo. Esos que argumentan que la prioridad es una falsa estabilidad y que reclamar democracia es atentar contra la paz. Entiéndanlo: no hay mayor expresión de convivencia y paz que la soberanía popular manifestada el 28 de julio de 2024. Esa voluntad no puede ser sustituida ni ignorada olímpicamente en reuniones de salón, encabezadas precisamente por quienes avalaron el zarpazo electoral y aplaudieron la persecución de miles de venezolanos cuyo único “delito” fue votar.
Es cierto: entre julio de 2024 y este enero de 2026 ha corrido mucha agua bajo el puente —y han estallado demasiados conflictos—. Pero sin el quiebre del 3 de enero, no veríamos hoy las contorsiones de los Rodríguez, tratando de filmar una película institucional a la medida. Una ficción que omite su origen: un golpe a la voluntad del pueblo, un fraude sistémico y el saldo trágico de inocentes presos, torturados y asesinados.
La verdad es incómoda, pero es la que es. Si Maduro ya era un gobernante ilegítimo que se sostuvo a sangre y fuego, ¿qué rastro de legalidad puede heredar su Vicepresidenta? Esa pieza designada a dedo que hoy funge como “presidenta encargada” no es más que la extensión de la misma sombra.
Hay personajes que hoy exhiben una amnesia selectiva. Buscan desesperadamente un lugar en el nuevo roster del poder y pretenden que el liderazgo democrático guarde silencio mientras se enroca esta ignominia por seis años más. Usan los mismos espantapájaros de antes, como aquel que decía que no se podía presionar porque terminaríamos en un “Vietnam”.
Bueno, la realidad los atropelló: Maduro está en Nueva York y aquí nadie lloró. El mundo vio lo que pasó y nosotros lo estamos viviendo. Así que, por favor, ¡ahora cuéntennos una de vaqueros!
