NotMid 12/08/2026
ASIA
El tren abandona el paisaje grisáceo de las afueras de Pekín. Durante 45 minutos, atraviesa campos de maíz, viejos pueblos de ladrillo rojizo y polígonos industriales que resumen décadas de crecimiento acelerado en China. Después, sin que exista una frontera visible, todo cambia. Las carreteras se ensanchan, los edificios aparecen alineados con una simetría casi obsesiva y los parques se suceden como si hubieran sido dibujados con una regla sobre una inmensa maqueta. El tren entra silenciosamente en la estación de Xiong’an.
Bajo una cubierta ondulada de acero y cristal, miles de metros cuadrados parecen preparados para absorber un flujo constante de pasajeros que, de momento, no existe. Los paneles electrónicos anuncian llegadas y salidas con la puntualidad milimétrica del ferrocarril chino, pero el sonido que domina el vestíbulo no es el bullicio de una gran terminal, sino el eco de maletas rodando sobre el suelo pulido. Una pareja de ancianos espera junto a una columna; un grupo de jóvenes con acreditaciones de una empresa estatal camina hacia la salida; un robot de limpieza recorre lentamente un pasillo sin tener que esquivar a nadie. En una ciudad levantada para millones de habitantes, todavía sobran muchos metros de silencio.

Fuera de la estación golpea el calor húmedo del verano en la llanura del norte. Los árboles son todavía demasiado jóvenes para proyectar una sombra generosa, y las avenidas parecen sobredimensionadas para el tráfico que soportan. A lo lejos, los perfiles de decenas de edificios de oficinas se recortan contra un cielo blanquecino, separados entre sí por parques y lagos artificiales. Cuesta creer que hace apenas nueve años aquello fuera una sucesión de aldeas agrícolas entre arrozales y campos de trigo.
«Bienvenido a la ciudad del futuro», señala un letrero que lleva uno de los taxis eléctricos que salen de la estación.
El conductor, Zhang, llegó desde un pueblo cercano tras el inicio de las obras. «Cuando se anunció que aquí se trasladarían ministerios y empresas de Pekín, entendimos que este proyecto iba muy en serio y muchos vinimos corriendo», explica.

Xiong’an no nació como normalmente lo hacen las metrópolis, impulsadas por la industria, el comercio o la llegada espontánea de población. Nació sobre una mesa de planificación en Pekín. En 2017, el presidente Xi Jinping anunció un «proyecto de importancia histórica para el milenio». En el lenguaje político chino, la palabra «milenio» no es una hipérbole propagandística cualquiera: significa elevar una decisión al rango de proyecto nacional destinado a trascender varias generaciones de dirigentes.
La misión era doble: descongestionar una capital con más de 21 millones de habitantes —redistribuyendo funciones administrativas, atrayendo tecnología, universidades y centros de investigación— y construir desde cero un nuevo modelo de ciudad para la China del siglo XXI. Una urbe inteligente, verde, digitalizada y conectada donde la contaminación, el urbanismo caótico y la especulación inmobiliaria que acompañaron al milagro económico quedaran atrás.
Pocas veces el Partido Comunista ha intervenido de forma tan directa en el diseño físico del futuro. Tres antiguos condados rurales fueron integrados en una única ciudad concebida para albergar hasta cinco millones de habitantes. Se han invertido decenas de miles de millones de euros en carreteras, estaciones, redes de energía, parques tecnológicos y barrios residenciales enteros.

El pulso de los nuevos barrios
El taxi abandona la avenida principal y entra en uno de los nuevos distritos residenciales. Bloques de apartamentos de tonos claros y amplios ventanales se alinean alrededor de jardines muy cuidados. No hay rascacielos espectaculares ni las extravagancias arquitectónicas de otras ciudades chinas; los urbanistas quisieron evitar la competición estética que durante años llevó a levantar torres únicamente para exhibir prosperidad.
En una cafetería frente a un centro comercial, la camarera reconoce que hace dos años apenas servían una veintena de cafés al día; ahora, los fines de semana resulta complicado encontrar mesa libre. «Cada mes llega más gente. Muchas familias se están instalando aquí», comenta. No todos comparten la misma impresión. Sentado frente a un supermercado, un jubilado apellidado Liu se queja de que todo sigue demasiado vacío: «Hace falta tiempo para que aparezcan vecinos, amistades, costumbres… A veces paseo por la noche y siento que sobra demasiado espacio».
En Occidente resulta difícil encontrar un precedente comparable. No se trata solo de construir una ciudad nueva, sino de fabricar de golpe un polo económico y administrativo. Los primeros en trasladarse fueron organismos públicos y grandes empresas estatales; después llegaron campus universitarios y centros de innovación. La infraestructura precedió a la población.
El trayecto continúa hacia un barrio donde circulan autobuses sin conductor equipados con sensores láser, cámaras e inteligencia artificial. Desde el exterior parecen anunciar un futuro que ya ha llegado; desde el interior, todavía transportan a pocos pasajeros. Esa imagen resume mejor que ninguna estadística el momento que atraviesa Xiong’an: todo está preparado, todo funciona, pero la ciudad sigue esperando alcanzar la velocidad para la que fue diseñada.
Promesas frente al escepticismo

En los años transcurridos desde su presentación, la ciudad acaricia el millón de residentes. Sin embargo, basta caminar unos minutos para comprobar que la densidad dista mucho de la de cualquier gran urbe china. En un centro comercial recién inaugurado, el edificio luce impecable, pero en muchos locales los empleados superan en número a los clientes.
«Mi marido trabaja para una empresa estatal que trasladó parte de sus oficinas y conseguimos comprar un apartamento mucho más amplio del que jamás habríamos podido permitirnos dentro del quinto anillo de Pekín», explica Chen Xia en una tienda de juguetes. «Aquí mi hijo puede bajar al parque andando y el aire es mucho más limpio. Todo es muy moderno. En unos años esta será una de las mejores ciudades del mundo».
Para los asesores del proyecto, como el ex presidente de la Academia China de Ingeniería Xu Kuangdi, esta urbe funciona como un «laboratorio para imaginar cómo deberán construirse las ciudades chinas durante el próximo siglo». Bajo las avenidas discurre una gigantesca red de galerías que concentra tuberías y cables, evitando obras continuas. Miles de sensores monitorizan el consumo energético, la calidad del aire y el tráfico en tiempo real.
No obstante, esta «ciudad que piensa» también genera recelos. Críticos advierten sobre la capacidad de vigilancia absoluta que el régimen dispondrá sobre cada rincón. A esto se suma la gran incógnita planteada por expertos como el urbanista Li Xiaojiang o el profesor Zhou Jian: cómo lograr que una metrópolis planificada desde arriba genere una vida urbana auténtica.
«Las infraestructuras pueden construirse en pocos años, pero una comunidad tarda décadas en consolidarse. La cultura urbana no puede planificarse del mismo modo que una carretera», recuerda Zhou.
La sombra de las «ciudades fantasma»

Xiong’an no está vacía, pero la sombra de los grandes fiascos inmobiliarios chinos planea sobre este modelo de urbanismo extremo. El gigante asiático conoce bien las consecuencias de construir antes de tiempo. Durante el gran bum, el país levantó localidades enteras convencido de que el crecimiento económico sería infinito, acumulando un endeudamiento colosal que colapsó a grandes promotoras y dejó a miles de familias con hipotecas sobre esqueletos de hormigón abandonados, los tristemente célebres «edificios de cola podrida».
Casos como Tianducheng (el clon de París con su Torre Eiffel de 90 metros), Thames Town (una réplica inglesa con pubs y cabinas rojas) o las abandonadas Mansiones de Huéspedes del Estado —donde hoy las ovejas pastan entre columnas neoclásicas— alimentan el escepticismo exterior. Sin embargo, Xiong’an responde a otra lógica: no depende de la especulación privada ni de la urgencia por vender viviendas, sino de directrices políticas y traslados institucionales obligatorios.
Al anochecer, los autobuses autónomos continúan recorriendo sus rutas con la precisión de una máquina. Miles de sensores siguen recopilando datos invisibles bajo las calles, y las luces LED parpadean en torres de oficinas donde todavía predominan las ventanas oscuras. Todo empieza a funcionar exactamente tal y como fue diseñado. Lo único que una hoja de cálculo, por muy avanzada que sea, todavía no ha logrado planificar es el alma de la ciudad.
AGENCIAS

