NotMid 03/01/2025
USA en Español
ANÁLISIS
Casualidad o simbolismo deliberado? El 3 de enero de 1989, el general Manuel Antonio Noriega abandonaba la nunciatura vaticana en Panamá para entregarse a las fuerzas estadounidenses. Exactamente 35 años después, la historia parece rimar con la captura de Nicolás Maduro. Sin embargo, tras la épica militar se esconde una realidad económica cruda: Venezuela es hoy una potencia energética sobre el papel, pero un enano en el mercado real.
La paradoja de las reservas
Venezuela posee las mayores reservas de crudo del planeta —casi tanto como Irán e Irak juntos—, pero su producción es inferior a la del estado de Nuevo México. Esta caída en picado es el resultado de décadas de desinversión: hoy apenas produce una cuarta parte de los 3,7 millones de barriles diarios que alcanzó en su récord de 1997.
Esta crisis llega, además, en un momento de superávit global. Mientras el chavismo amenazaba con invadir Guyana por su petróleo, países como EE. UU., Brasil, Argentina (con el yacimiento Vaca Muerta) y Canadá han inundado el mercado, operando fuera de las cuotas de la OPEP+.
El “asfalto” de Trump y el muro de la inversión
Donald Trump ha prometido inversiones millonarias para revitalizar la economía venezolana, pero las grandes petroleras internacionales mantienen la cautela. El motivo es doble: técnico y financiero.
- Calidad del crudo: El petróleo venezolano es pesado, con alto contenido de azufre. El propio Trump lo ha definido como “casi asfalto”. Su extracción y refino son extremadamente complejos y costosos.
- Costes monumentales: Extraer un barril en Venezuela cuesta unos 30 dólares —diez veces más que en Arabia Saudí—. Levantar la infraestructura necesaria para procesarlo exigiría entre 20.000 y 30.000 millones de dólares, una inversión que requiere garantías jurídicas que el país hoy no ofrece.
La factura de la reconstrucción
Según consultoras como Wood Mackenzie, recuperar la producción hasta los 3 millones de barriles diarios costaría entre 85.000 y 130.000 millones de dólares a lo largo de una década. Con un mercado saturado y precios que rondan los 60 dólares, el incentivo para las multinacionales es escaso, especialmente cuando el proceso genera una huella de carbono masiva en plena era de la transición energética.
El tablero geopolítico: China y Cuba en la encrucijada
La caída de Maduro ocurre justo antes de una cumbre clave de la OPEP+. Aunque el mercado global apenas ha pestañeado ante las recientes crisis en Rusia o Irán, la salida de Venezuela del tablero afecta principalmente a dos aliados:
- Cuba: Caracas enviaba unos 30.000 barriles diarios a la isla, el 30% de su consumo. Sin este subsidio, y bajo la mirada de Trump, el régimen de La Habana se asoma al colapso energético.
- China: Pekín es el principal destino del crudo venezolano (unos 600.000 barriles diarios), a menudo comprado con descuento. Esta reserva estratégica es vital para los planes de China ante un posible conflicto en Taiwán, donde EE. UU. podría bloquear el Estrecho de Malaca. No obstante, Pekín tiene margen: podría sustituir el crudo venezolano por petróleo ruso aún más barato.
Conclusión. Venezuela ha dejado de ser un shock para el sistema. El régimen de Caracas mató a la gallina de los huevos de oro y el mundo ha aprendido a vivir sin ella. Reconstruir la industria petrolera venezolana no será cuestión de meses, sino de una década de capital intensivo y estabilidad política que apenas comienza a vislumbrarse.
Agencias
