NotMid 05/02/2026
IberoAmérica
Caracas, Venezuela – “¡Y ya cayó, y ya cayó, este Gobierno ya cayó!”. El clamor estalló en la plaza de toros de San Cristóbal, cerca de la frontera con Colombia, hasta transformarse en un acto de abierta rebeldía. Del silencio sepulcral que asfixiaba a Venezuela antes del 3 de enero, la ciudadanía ha pasado a una euforia armada solo con pañuelos blancos, reclamando para sí “el rabo y las dos orejas” de un sistema que se tambalea.
El martillo de Jobani
Si una imagen encapsula la Venezuela actual es la de Jobani José Romero encaramado a la estatua de Hugo Chávez en Coro, tras el fraude electoral de julio de 2024. Sus martillazos contra el bronce del “Comandante” fueron la primera grieta en el muro de terror levantado por el régimen. Hoy, Jobani está desaparecido.
Él es solo un nombre en una lista de horror: más de 2.000 detenciones, 25 asesinatos en protestas, torturas sistémicas y persecución digital a través de WhatsApp. Ese muro, comparable a las dictaduras del Cono Sur en el siglo XX, silenció a la sociedad durante casi año y medio. Hasta hoy. Madres de presos, estudiantes y líderes opositores se han conjurado para acelerar una transición que Washington y Caracas ya calculan entre 18 y 24 meses.

Universitarios venezolanos se manifiestan para exigir la liberación de presos políticos en Caracas, el martes.AP
Grietas en la clandestinidad
“Nos abrieron un pequeño agujero en la pared y nos estamos metiendo”, afirma a EL MUNDO Delsa Solórzano, líder de Encuentro Ciudadano. Tras 17 meses oculta, Solórzano ha vuelto a las calles para abrazar a los suyos.
En la misma línea, Andrés Velásquez, referente de La Causa R, ha emergido de la clandestinidad tras 16 meses. Aún luce la barba que le sirvió de camuflaje en el estado Bolívar. “Es el momento de tensar la cuerda y desafiar a la dictadura en el terreno. El miedo está siendo vencido y no se puede parar; hay que escalar en nuestros propios términos pacíficos”, asegura, consciente de que los “perros de presa” del régimen siguen al acecho.

Un sacerdote reza mientras agentes de la Policía Nacional Bolivariana montan guardia, en Caracas, el pasado mes de enero.REUTERS
El bastión de las madres
Mientras los políticos retornan, las madres de los presos políticos se han convertido en la vanguardia moral. Han mantenido vigilias permanentes frente a los 90 centros de reclusión del país. El costo ha sido devastador: dos de ellas murieron recientemente debido al estrés y el dolor acumulado. Sus cuerpos simplemente “reventaron”.
“Las vigilias son un bastión de dignidad y amor infinito. El régimen se caracteriza por prolongar el dolor de las víctimas, pero no estamos solos”, relata Andreína Baduel.
Su historia es la tragedia venezolana en una sola familia: su padre, el general Raúl Baduel, murió en prisión; su hermano Josnars ha sido torturado con tal saña que requiere reconstrucción quirúrgica de rodillas, hombros y genitales.
La generación que solo conoce la “Revolución”
El despertar también es universitario. Miguelangel Suárez, presidente de la FCU-UCV, se hizo viral al encarar a Delcy Rodríguez exigiendo la libertad de los presos. El pasado 3 de febrero, lideró a mil estudiantes en una marcha por el campus que rompió la inercia del miedo.
Para el sociólogo Alexander Campos, director del Centro de Estudios Populares, la palabra clave es urgencia: “Los jóvenes intuyen que el futuro se decide ahora. No han conocido la paz, solo la ‘revolución’, y su anhelo es la tranquilidad básica”.
Incluso dentro de las filas del régimen, el muro muestra fisuras. Los agentes de seguridad temen ser la “moneda de cambio” en las negociaciones entre los jerarcas chavistas y Estados Unidos. Un ex prisionero político lo resume con una anécdota: paseando por Caracas, dos oficiales se le acercaron, no para detenerlo, sino para felicitarlo y ponerse a su disposición. Ellos también sienten que el muro está por caer.
Agencias
