NotMid 29/01/2026
OPINIÓN
Nuevamente habitamos un mundo definido por los designios de las superpotencias. El rol que estas han asumido es tan ostensible como determinante, dejando a los liderazgos intermedios en una posición de irrelevancia. En la arena internacional —nunca mejor llamada arena— las ofertas de liderazgo no pueden ser vacías; no basta con buenas intenciones. El nuevo orden ha desplazado a los intermediarios, cuya retórica prepotente ha sido sustituida por un ajuste forzoso a la realidad para evitar consecuencias.
La eficacia frente al caos
Este orden, marcado por el ejercicio crudo del poder político, militar y económico, ha comenzado a resolver nudos que parecían ciegos. Conflictos que se consideraban irresolubles bajo el viejo esquema multilateral han encontrado respuestas drásticas: la crisis en Gaza, el programa nuclear iraní, la crisis de Derechos Humanos en el Darién y la captura de la estructura criminal en Venezuela.
Sin embargo, Ucrania permanece como la gran excepción. En la política internacional, solo existe una razón para que un país renuncie a su territorio: la derrota. Mientras Rusia mantenga su lógica de defensa militar y Ucrania su voluntad de integridad, el conflicto seguirá siendo una trampa mortal.
El factor Trump y el fin de la corrección política
Es imposible analizar este cambio sin mencionar al presidente Donald Trump. Su figura polariza, pero su enfoque es innegable: actúa como un empresario que ofrece un servicio al sistema público basado en los éxitos del capitalismo. Su abordaje directo y despiadado de problemas que antes solo crecían, desafía frontalmente la corrección política.
Antes de este giro, la autoridad moral de los líderes globales había tocado fondo. Gobernantes que ejercieron a través de la corrupción y la ineficiencia permitieron que el sistema se pudriera. Cuando la autoridad moral muere, estalla la desesperación. En América Latina, esto se tradujo en la consolidación de dictaduras en Cuba, Nicaragua y Venezuela. Se nos pretendió hacer creer que vivíamos en un mundo con reglas, pero eran reglas inaplicables. Y una regla que no se puede aplicar es, en la práctica, inexistente.
El triunfo del capitalismo fuerte
El socialismo no ha sido derrotado por una teoría, sino por la realidad: se ha adaptado al capitalismo, que hoy es el lenguaje común de las tres superpotencias. Ya casi no hay oposición al capitalismo en el ámbito económico; la competencia es por quién lo lidera.
Esta nueva dinámica trae consigo desafíos inéditos:
- IA y Robótica: El potencial de que los humanos perdamos el control de los conflictos.
- Irrelevancia de Europa: Una potencia que, insatisfecha, no encuentra su lugar en un cosmos que ha pasado de lo “políticamente correcto” a lo incidental.
- Despliegue de Fuerza: La agresión se ha vuelto un recurso tolerado, despojada de su carácter maligno y transformada en herramienta de negociación.
Hacia una nueva ética internacional
Tras años batallando en minoría como Canciller del Uruguay y Secretario General de la OEA, mi conclusión es clara: los Derechos Humanos solo proporcionarán soluciones si dejan de ser retórica y se convierten en una política transversal sostenida por un liderazgo con propósito ético.
Las organizaciones internacionales languidecen en la inacción, mientras los Estados persiguen victorias sin contemplaciones. El mundo político global, antes escéptico, ha tenido que asimilar que la acción es necesaria porque las crisis regionales —migración, crimen organizado, narcotráfico— siempre terminan globalizándose. El sistema diplomático debe adaptarse a este mundo de cambios permanentes; de lo contrario, la sostenibilidad de la paz será solo un espejismo en la arena de las potencias.
