NotMid 28/03/2026
OPINIÓN NotMid
La última semana electoral en la Unión Europea no ha sido un simple ejercicio de aritmética parlamentaria; ha sido un veredicto sobre las alianzas. Desde los fiordos daneses hasta las plazas italianas, un fantasma recorre el continente: el “factor Trump”. En un momento en que la guerra en Irán entra en su segundo mes sin un horizonte de salida y con el estrecho de Ormuz convertido en un cuello de botella asfixiante, la cercanía al inquilino de la Casa Blanca ha pasado de ser un activo ideológico a una vía directa al castigo en las urnas.
El declive de los “intocables”
El caso más sintomático es el de Giorgia Meloni. La que parecía imbatible ha visto cómo su aura de invencibilidad se desmoronaba en un referéndum sobre la justicia que el electorado, con una lucidez implacable, transformó en un plebiscito sobre su figura. Su excesiva sintonía con Washington le ha pasado factura.
En el tablero europeo, el contraste es total:
- Dinamarca: Mette Frederiksen sobrevive gracias a su soberanismo frente a las pretensiones estadounidenses sobre Groenlandia.
- Eslovenia: El “sanchismo” de Robert Golob ha logrado frenar, por la mínima, el empuje de Janez Jansa.
- Francia: El socialismo respira en los grandes feudos municipales, mientras la extrema derecha se estanca, temerosa de verse salpicada por la retórica incendiaria de Florida.
La verdadera prueba de fuego, sin embargo, arderá el 12 de abril en Hungría. Allí, Trump ha apostado todo a favor de Viktor Orbán, a quien califica de “verdadero amigo”. Pero la amistad tiene un precio: el escándalo de Péter Szijjártó filtrando datos sensibles al Kremlin en tiempo real ya no es una fake news, sino una realidad admitida. Bruselas asiste atónita a esta diplomacia de doble juego, pero el silencio tiene fecha de caducidad. Si Orbán revalida su mandato, la Unión no podrá seguir mirando hacia otro lado mientras un caballo de Troya despacha con Lavrov.
El chantaje de la Alianza
Mientras tanto, la retórica contra la OTAN sube de tono. Trump acusa a Europa de inacción en Irán y amenaza con abandonar a Kiev a su suerte. Es el cinismo de la geopolítica: Marco Rubio utiliza Ucrania como moneda de cambio mientras Mark Rutte intenta, con una lentitud desesperante, articular una respuesta para reabrir Ormuz. Pero la realidad es tozuda: ningún aliado europeo se manchará las botas en Irán hasta que las armas callen.
La factura en el bolsillo
Todo este ruido de sables y urnas tiene una traducción dramática en la economía real. Christine Lagarde ya ha pinchado el globo del optimismo: las réplicas de este conflicto durarán años. El BCE se prepara para un hachazo en los tipos de interés el 30 de abril si la inflación, que en España ya cabalga en el 3,3%, termina por desbocarse.
España, a pesar de su resiliencia reciente, sigue instalada en una realidad agridulce. Nuestro PIB per cápita (92% de la media europea) nos sitúa en el vagón central, entre la República Checa y Eslovenia, aún lejos de la opulencia de Países Bajos o Dinamarca.
En conclusión: Europa se encuentra atrapada entre una guerra que no eligió, un aliado que la extorsiona y una economía que empieza a dar síntomas de agotamiento. La pregunta ya no es quién ganará las próximas elecciones, sino si para entonces quedará una estrategia común que defender.
