Una identidad cultural puede ser totalmente disuelta (e incluso, en ocasiones, pacíficamente disuelta) por una abrumadora avalancha demográfica que relegue o haga desaparecer su universo simbólico
NotMid 25/08/2025
OPINIÓN
PEDRO UGARTE
En política no combaten intereses económicos, como afirmaban los marxistas, ni siquiera combaten las ideas, como afirman los liberales: en una gran medida, combaten los símbolos. Los humanos somos seres simbólicos, y los símbolos se superponen no solo al interés económico, sino incluso a las ideas que uno imagina defender. Hay algo absorbente en el imaginario ético, épico y estético que proporcionan los universos simbólicos, algo que es capaz de sobreponerse, además, a toda clase de contratiempos, evidencias y derrotas. Los símbolos mudan con el paso del tiempo (aunque haya algunos de increíble vigencia: la cruz, sin ir más lejos), los símbolos incluso cambian de sentido, y son muchas las causas que terminan relegando, o haciendo desaparecer, universos simbólicos completos.
Una de ellas puede ser el asentamiento en un territorio de enormes contingentes de población totalmente ajenos (incluso contrarios) al universo simbólico antecedente. Pero ese proceso de intensa inmigración no siempre tiene que disolver necesariamente una identidad nacional o cultural. Aún más, en muchas ocasiones, la inmigración masiva ha sido el elemento realmente vertebrador y fundador de esa identidad. Es el caso de Estados Unidos, de Canadá y de los países del Cono Sur americano: el sedimento de aportaciones demográficas diversas explica, al final, su propia identidad nacional. Hay toda una retórica, muy explícita en Estados Unidos, de país de las «oportunidades», al que todo ser humano puede sumarse si interioriza esa identidad y sus valores fundacionales.
Pero una identidad cultural antecedente también puede ser totalmente disuelta (incluso, en ocasiones, pacíficamente disuelta) por una abrumadora avalancha demográfica. Y sí, del mismo modo que la identidad argentina o la estadounidense se fundan en la inmigración, esa misma inmigración supuso la disolución de las identidades culturales anteriores, o su apartamiento hasta convertirse en insignificantes minorías.
En el caso español, el desarrollo de una fuerte conciencia nacional en algunas autonomías ha supuesto, de hecho, la superposición de dos universos simbólicos distintos. ¿Podría haberse evitado esa segregación? ¿Podrían haberse integrado ambos universos en uno solo? Sin duda, así fue durante más de 400 años, pero en el siglo XX mucha gente renunció a esa integración, segregando identidades y haciéndolas excluyentes entre sí. Ahora, en Euskadi, en Cataluña, la convivencia de ambos universos simbólicos, el nacional y el regional, es todo menos pacífica.
En ese contexto, el fenómeno migratorio se convierte en un desafío de imprevisibles consecuencias. En contra de lo que ocurre en León o Ciudad Real, en Bilbao o Gerona sí compiten dos universos simbólicos. Y la «opción» final de la comunidad inmigrante puede romper ese tenso equilibrio. La comunidad política de nuestro país (y no sólo la nacionalista, porque también hay que ver la consideración despreciativa que tienen de la cultura o la lengua vascas o catalanas muchos españoles) renunció a esa confluencia social, cultural y, a la postre, simbólica. Por eso hoy día el universo simbólico vasco y el catalán compiten, sin posibilidad real de integración, con un universo simbólico español fundado en lo castellano.
Cuando no existía la inmigración masiva que existe ahora en España, la tensión entre ambos imaginarios, entre ambas identidades, lograba sostenerse mal que bien en el ámbito social, cultural y educativo. Parecía viable hablar de Cervantes y de cultura en lengua castellana en una asignatura y, en otra asignatura, hablar de Salvador Espriu y de cultura en lengua catalana. Era viable, además, porque los exigentes contenidos curriculares que interiorizaban otras generaciones de estudiantes han degenerado ahora en escuálidos resúmenes y vagas referencias. Pero un fenómeno de inmigración masiva destruye ese precario equilibrio. Pienso en la perplejidad de un inmigrante que realmente quiera integrarse en la localidad guipuzcoana o leridana a la que ha ido a vivir. ¿Cuál es el mejor modo de hacerlo? ¿Qué nuevo idioma hablar? ¿Qué bandera agitar? ¿Qué fiestas y conmemoraciones celebrar y qué otras, digamos, ignorar?
La cuestión no es gratuita, especialmente para la abrumadora mayoría de personas, que llegan a un país con la legítima y honesta intención de integrarse y progresar. Pero el precario equilibrio entre dos sistemas simbólicos salta en pedazos cuando el vasto contingente de nueva población se ve en la tesitura de «decidir» qué elementos simbólicos e identitarios quiere hacer suyos.
Este debate, en términos explícitos, aún no ha aparecido, pero no hay la más mínima duda de que ya forma parte de la agenda secreta de los partidos políticos, cada uno de ellos en función de su propia clave identitaria. Dicen que en Cataluña se ha promovido la inmigración musulmana o africana para impedir, precisamente, que un aumento de la inmigración de origen americano refuerce la lengua castellana. No tengo datos para confirmar o descartar esa política (quizás sean sólo habladurías) pero conozco de cerca el caso de Euskadi y el hecho objetivo es que la fuerte inmigración americana está reforzando la ya de por sí muy fuerte posición de la lengua castellana y asfixia los ímprobos esfuerzos (que ya desde antes mostraban modestos resultados) de socializar públicamente la lengua vasca más allá de aulas escolares y plenos municipales.
El nacionalismo vasco, consciente de la debilidad social del euskera, ha promocionado otros elementos identitarios, elementos que son importantes para la configuración simbólica de un país, pero elementos que, sin una lengua, cuentan con un futuro muy problemático en un contexto de inmigración masiva. Por ejemplo, el Athletic Club puede alinear hoy día cuatro o cinco jugadores de raza negra o de cultura y religión musulmanas (de hecho, lo hace a veces), pero habría que preguntarse cómo mantener la identidad simbólica de un pueblo tan diverso ahora en lo racial, lo religioso, lo estético, incluso lo gastronómico, si la expresión verbal de esa floreciente pluralidad se hace, además, en español.esto supone, para los nacionalismos periféricos, un desafío incómodo e imprevisto. Los partidos políticos nacionalistas se mueven en un registro o socialdemócrata o de extrema izquierda (con excepción de la minoritaria Aliança Catalana) y jalean por tanto la inmigración, por masiva y descontrolada que sea, sin la más mínima objeción, sabedores de que una limitación a ese respecto sería severamente condenada por otros partidos con los que compiten, porque no hay que olvidar que los partidos nacionalistas no sólo compiten frente a los partidos españoles, sino que compiten también, y sobre todo, entre ellos mismos.
Cuando en la ciudad de Bruselas ya más del 80% de la población menor de 20 años es de origen inmigrante, se puede afirmar sin asomo de duda que el conflicto nacional entre flamencos y valones lleva camino de desaparecer a medio plazo. En su primer Aberri Eguna como presidente del PNV, tuvieron amplio eco unas declaraciones de Aitor Esteban, en las que manifestaba que un futuro presidente del PNV podría perfectamente llamarse Hassan. Quizás el presidente del partido de Sabino Arana debería considerar que, cuando el lehendakari de Euskadi se llame Hassan y el presidente del Gobierno de España también se llame Hassan, todas las aspiraciones políticas que han animado al nacionalismo vasco no es ya que habrán cambiado: es que habrán desaparecido.
Pedro Ugarte es periodista y escritor. Su último libro publicado es ‘Un lugar mejor’ (Ed. Páginas de Espuma)