NotMid 04/01/2026
EDITORIAL NotMid
Hay quienes, desde la comodidad de la distancia o el cinismo político, sugieren que exigir libertad, democracia y derechos humanos en Venezuela es un exceso. Califican de “maximalista” o “intransigente” la aspiración de un pueblo que simplemente se niega a vivir de rodillas.
Pero la realidad es mucho más elemental: los venezolanos no piden un milagro; piden normalidad.
Reclamar normalidad es aspirar a un país donde un periodista pueda incomodar al poder sin firmar su sentencia de muerte. Es exigir que el Estado no secuestre a familias para quebrar la voluntad de los inocentes. Es pretender que la economía sea una ciencia de datos y no un arcano del Tarot que devora salarios en la oscuridad.
Debemos ser tajantes en la distinción: pedir normalidad no es lo mismo que normalizar.
- Normalizar es el acto cómplice de ignorar el horror.
- Normalizar es aceptar que el “mundo al revés” impuesto por el autoritarismo es el único destino posible.
Estamos lejos de ese puerto. La normalidad en Venezuela sigue siendo un anhelo de luz constante, agua corriente, libertades plenas y previsibilidad mínima. Ha tenido que ocurrir un despertar extraordinario para abrir la rendija por la que hoy volvemos a exigir lo que en cualquier democracia funcional es, sencillamente, el suelo común.
No nos confundamos. El camino recorrido por la sociedad civil ha sido heroico. Es la gran paradoja de nuestro tiempo: un pueblo entero se ha visto obligado a dar una batalla épica, no por una utopía inalcanzable, sino por el derecho elemental a una vida decente. No luchamos por lo imposible; luchamos por recuperar la dignidad que reside en lo normal.
