NotMid 26/01/2026
MUNDO
A principios de este mes, la ciudad de Rasht, a orillas del Caspio, se convirtió en el epicentro de una de las represiones más sangrientas de la historia reciente de Irán. Según una investigación de The Washington Post, basada en testimonios directos y el análisis de más de 40 piezas audiovisuales, las fuerzas de seguridad iraníes abrieron fuego sistemáticamente contra decenas de manifestantes que intentaban escapar de un incendio devastador en el histórico bazar de la ciudad.
Lo que comenzó como una huelga general de comerciantes contra el régimen derivó en una ratonera mortal. Manifestantes y civiles, atrapados entre las llamas y los laberínticos callejones del mercado al aire libre, se toparon al salir con un despliegue de policías antidisturbios y agentes de paisano armados con rifles de asalto Kalashnikov.
“Fue aterrador. Mataron a muchísima gente, incluso a quienes escapaban”, relata Saman, un testigo presencial.
Una emboscada planificada
La reconstrucción de los hechos revela un patrón de violencia extrema:
- Fuego directo: Testigos y vídeos confirman que el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) disparó indiscriminadamente contra la multitud, incluyendo a familias con niños.
- Bloqueo de auxilio: Las fuerzas de seguridad impidieron el paso de los camiones de bomberos durante más de cuatro horas mientras el bazar ardía.
- Cifras silenciadas: Aunque el régimen culpa a “mercenarios extranjeros”, datos médicos filtrados a The Post registran más de 80 muertes en solo dos hospitales durante el pico de violencia. La organización HRANA eleva la cifra a 392 víctimas en la región desde el inicio del apagón informativo.
El incendio: ¿Accidente o arma?
El fuego envolvió el corazón culinario y cultural de Rasht alrededor de las 9:00 p. m. del jueves 8 de enero. Mientras el régimen asegura que los manifestantes atacaron el mercado, los residentes describen una escena “apocalíptica” donde el viento propagó las llamas mientras la policía sellaba las salidas. “Mis contemporáneos fueron masacrados ante mis ojos”, narra un superviviente que vio cómo los agentes en motocicleta cazaban a quienes lograban salir del humo.
Las secuelas: El entierro en las sombras
Tras la matanza, el terror ha continuado en forma de coacción. Las familias de las víctimas han denunciado presiones extremas para no hacer públicos los casos.
“Conozco personas que no llevaron a sus hijos fallecidos al hospital por temor a que el Estado confiscara los cuerpos. Los enterraron en sus propios jardines“, afirma un residente. A día de hoy, el número de desaparecidos sigue siendo incierto, mientras las cenizas del bazar de Rasht permanecen como el mudo testigo de una ciudad que, en palabras de un estudiante local, “ardió junto con sus esperanzas”.
Agencias
