NotMid 04/01/2026
EDITORIAL
Una transición no es un evento fortuito ni un decreto de gaceta; es el paso incierto entre un orden que se extingue y uno que aspira a nacer. Es un proceso donde lo viejo y lo nuevo coexisten en una tensión inestable. Con la salida de Nicolás Maduro del poder por intervención de fuerzas estadounidenses, Venezuela ha entrado, finalmente, en esa etapa crítica. No es el final del camino, pero sí el cierre del primer capítulo de nuestra tragedia y el inicio de nuestra reconstrucción.
Toda transición impone una dosis de pragmatismo incómodo: la necesidad de entenderse con fragmentos del sistema que se busca superar. No existen los tránsitos quirúrgicos ni las rupturas inmaculadas. Habrá zonas grises, herencias indeseadas y actores del pasado en la mesa del presente. Pretender una pureza política sin fricciones no es una postura moralmente superior; es, sencillamente, una negación de la realidad.
Es imperativo reconocer un hecho con honestidad brutal: los venezolanos agotamos todas las rutas internas. Organizamos, resistimos, votamos y documentamos cada atropello con una perseverancia heroica. Sin embargo, el quiebre definitivo requirió el músculo externo. Como suele decirse: fuimos con carro prestado. Reconocerlo no invalida nuestra lucha ni desmerece el sacrificio acumulado; solo confirma que la desproporción de fuerzas hacía indispensable ese respaldo para abrir la puerta que estaba cerrada por dentro.
Lo que se abre hoy es el tramo más empinado. La transición no es un estado de reposo, sino de máxima vigilancia. Nada está garantizado y el costo de un error es existencial. Este momento exige más lucidez y responsabilidad que nunca. La transición ha comenzado; que logre conducirnos a una democracia plena dependerá de nuestra capacidad para navegar la complejidad sin perder el norte.
