Pekín se consolida como el árbitro de la nueva arquitectura de seguridad global al sincronizar sus agendas con Washington y Moscú en una jornada de diplomacia telefónica sin precedentes.
NotMid 04/02/2026
ASIA
Pekín ha activado su diplomacia telefónica con una precisión quirúrgica. Apenas un par de horas después de terminar una videollamada con el líder ruso, Vladimir Putin, el presidente chino, Xi Jinping, descolgó de nuevo el teléfono para hablar con el presidente estadounidense, Donald Trump. Esta secuencia de sincronía estratégica dibuja a Pekín situándose deliberadamente en el centro de un triángulo de poder marcado por la guerra en Ucrania y la pugna por el liderazgo tecnológico.
Mientras el mundo observa con cautela el retorno de Trump a la Casa Blanca, Xi parece haber descifrado el código del republicano: personalismo y transaccionalismo. En su red Truth Social, Trump calificó la relación como “extremadamente buena”, destacando un vínculo personal que sobrevive a la guerra comercial. Sin embargo, tras la cortesía, subyace una arquitectura de intereses contrapuestos que Pekín maneja con una ambivalencia calculada.
La paradoja de Taiwan: Líneas rojas en un mar de aranceles
El comunicado difundido por Pekín tras la charla con Trump fue tajante: la cuestión de Taiwan sigue siendo el “asunto más importante y sensible”. Xi recordó que la isla es territorio inalienable y exigió a Washington gestionar las ventas de armas con “extrema cautela”.
A pesar de la retórica firme, el pragmatismo económico asomó en la conversación. Trump, siempre enfocado en el déficit comercial, confirmó compromisos de compra masivos:
- Energía: Incremento en la adquisición de petróleo y gas licuado estadounidense.
- Agricultura: Un plan para aumentar en 20 millones de toneladas la compra de soja esta temporada.
- Defensa: Un diálogo abierto para evitar que la competencia derive en un conflicto accidental en el Mar de China Meridional.
El “Factor Estabilizador”: La retaguardia rusa
Mientras con Trump la relación es transaccional, con Putin es ideológica y estructural. Putin definió el vínculo sino-ruso como un “factor estabilizador en tiempos turbulentos”. Para Moscú, China es el pulmón económico que permite esquivar las sanciones occidentales; para Pekín, Rusia es el socio indispensable para forzar un sistema de gobernanza “más justo y equitativo”.
La cooperación energética entre ambos ha alcanzado niveles récord. Rusia es hoy el principal proveedor de energía de China, vendiendo petróleo con descuentos que alimentan la maquinaria industrial del gigante asiático. Pero Xi mira más allá del crudo: el “gran plan” que propuso a Putin incluye energía nuclear pacífica, exploración espacial y una arquitectura de seguridad euroasiática que deje fuera la influencia de la OTAN.
La diplomacia de la “Puerta Abierta” ante el aislamiento
Mientras Estados Unidos intensifica la presión arancelaria, China ha desplegado una alfombra roja para los aliados de Washington. El aislamiento que algunos sectores de la Administración Trump pretenden imponer a Pekín choca con la realidad de las cancillerías europeas y americanas:
- Canadá: El primer ministro Mark Carney firmó en enero una reconciliación necesaria tras años de “guerra fría” diplomática.
- Europa: Las visitas de los mandatarios de Irlanda, Finlandia y el Reino Unido (Keir Starmer) subrayan que el mercado chino es demasiado grande para ser ignorado.
- Alemania: El próximo aterrizaje de Friedrich Merz en Pekín será clave para el futuro de la industria automotriz europea.
El dilema nuclear: El silencio de Pekín
El telón de fondo de estas llamadas es la expiración del tratado New START. Trump ha insistido en un pacto trilateral de desarme, pero Pekín se niega en redondo. La lógica china es puramente matemática: con unas 600 ojivas frente a las más de 3,700 de EE. UU., Xi considera que sentarse a negociar ahora sería aceptar una inferioridad permanente. Para China, el desarme es una responsabilidad que recae, de momento, exclusivamente en los dos gigantes de la Guerra Fría que aún poseen el 90% del arsenal atómico mundial.
Conclusión: El arquitecto del nuevo orden
Xi Jinping no solo está hablando por teléfono; está diseñando un mundo donde Pekín es el único interlocutor capaz de sentar a la mesa —o calmar los ánimos— de los dos extremos del espectro político global. En esta “ley de la selva” que advirtió el ministro Wang Yi, China se postula no como el depredador, sino como el guardián de un nuevo equilibrio donde el dólar, el gas ruso y la seguridad de Taiwan convergen en un solo despacho: el del Gran Salón del Pueblo.
Agencias
