NotMid 30/11/2025
EDITORIAL
Al recorrer el panorama noticioso es inevitable constatar el punto insólito al que Nicolás Maduro ha conducido al país, impulsado por una obsesión enfermiza y un delirio de poder que ha consumido a la nación.
Maduro ha decidido someter sistemáticamente a los ciudadanos a toda clase de sufrimiento y a riesgos existenciales con el único fin de mantener a Venezuela bajo su yugo y opresión. Esta actitud del dictador no es solo una estrategia política; confirma los niveles de odio que anida contra el pueblo venezolano y su desprecio absoluto por el bienestar y la soberanía de la Nación.
No se trata de una actitud criminal nueva o aislada. Cientos, quizás miles, de venezolanos han sucumbido bajo las garras de su régimen: por el hambre, por asesinatos selectivos, por la escasez crítica de medicinas, o por la falta de atención médica elemental. Mientras el país se desangra, él permanece en el pináculo, gozando de los privilegios del poder y la complicidad del bajo mundo del crimen organizado.
Aún en medio de las actuales circunstancias —sin importar la crisis humanitaria o la condena internacional—, el régimen insiste en activar su maquinaria de represión para continuar la cacería de ciudadanos inocentes, activistas y disidentes. Esta sed de venganza y control es insaciable, una demostración patológica de que el ejercicio del poder es, para él, un acto de revancha personal contra el país que juró proteger.
Y nada, absolutamente nada, la saciará. El ciclo de opresión solo cesará cuando una fuerza, interna o externa, detenga al reincidente.
