NotMid 28/12/2025
EDITORIAL
El cercano 2026 inaugura un nuevo orden mundial erigido sobre las cenizas del consenso de la Posguerra Fría. El andamiaje de seguridad y valores que conocíamos ha colapsado, dando paso a una era definida por una triple fractura: la consolidación de la doctrina Trump, el terremoto de una IA que genera tanta riqueza como inestabilidad, y una precariedad social que carcome la legitimidad democrática en Occidente.
El motor de la política internacional ya no es el progreso, sino la decadencia. Este “Año 1” del nuevo tablero estratégico resuena con el eco de 1898, cuando Lord Salisbury dividió el mundo entre naciones que viven y naciones que mueren. Es la lógica de Donald Trump: una visión darwinista y de suma cero donde el poder consiste en decidir qué civilizaciones son «válidas» y cuáles están condenadas al borrado.
La Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU. para 2025 es taxativa: Europa ya no es un aliado natural. Washington hoy contempla el proyecto liberal europeo con el desprecio propio de quien observa a un rival caduco en lo económico, cultural y filosófico. El verdadero choque de civilizaciones del siglo XXI no enfrenta a democracias contra autocracias, sino a concepciones incompatibles de Occidente.
Es el triunfo del nacionalismo civilizatorio. De la invocación judeocristiana de Trump a la Rusia “Estado-civilización” de Putin; de la milenaria China de Xi al sueño neoimperial de Erdogan. Incluso líderes como Macron se ven forzados a adoptar este lenguaje de identidad y destino histórico para sobrevivir. En este escenario, la frontera entre democracia y autoritarismo se vuelve peligrosamente borrosa.
2026 obligará a tomar decisiones drásticas. Daron Acemoglu advierte en estas páginas del abismo de productividad e innovación que separa a Europa de sus competidores. Mientras la guerra de los chips y el riesgo de burbujas tecnológicas marcan la agenda, Anne Applebaum nos recuerda que Washington busca cerrar frentes incómodos —Ucrania o Gaza— para centrarse exclusivamente en el negocio y el control técnico.
Mientras este terremoto global redefine el mapa, España permanece absorta en la agonía de un sanchismo agotado. El país carece de debate estratégico y de ambición exterior, resignado a una irrelevancia internacional que crece cada día. El mayor reto de España no será solo el relevo político, sino lograrlo sin que el deterioro institucional y la fractura de la convivencia terminen por desguazar el Estado.
