NotMid 15/02/2026
EDITORIAL NotMid
Los demócratas venezolanos enfrentamos dos tareas de naturalezas opuestas, pero destinos compartidos.
La primera es de ruptura: desalojar del poder a un régimen ilegítimo y corrupto. La segunda es de edificación: democratizar e institucionalizar el país, reconstruyendo el Estado de derecho, los contrapesos del poder y la profesionalización de la Fuerza Armada.
Debemos ser claros: el fin de la dictadura es la condición necesaria, pero no suficiente. Sacar al régimen no desemboca automáticamente en una democracia; sin embargo, sin ese desmontaje previo, la democracia es sencillamente imposible.
Nuestra transición no será lineal. Es bifronte, como el dios Jano: nos obliga a mirar simultáneamente hacia la fuerza y hacia el consenso. Esta tensión estratégica es nuestra condición estructural y no podemos rehuirla. Estamos obligados a navegar dos lógicas de acción:
- La transaccional: marcada por el pragmatismo brutal y el uso de la fuerza (propia y prestada).
- La institucional: impulsada por la claridad inquebrantable de los principios y el pacto social.
El dilema venezolano no se resuelve eligiendo un solo camino. Nuestra misión es, al mismo tiempo, demoler y construir.
Lamentablemente, no tenemos el lujo de la pureza. Las transiciones no se logran con aliados ideales, sino con los aliados posibles. Las batallas políticas rara vez se libran en el escenario soñado; se ganan en el terreno que hay, con los arsenales que tenemos.
El éxito dependerá de nuestra capacidad para librar estas dos batallas a la vez —con herramientas distintas y a veces contradictorias— sin permitir que el pragmatismo del presente termine devorando los principios del futuro.
