NotMid 20/02/2026
OPINIÓN NotMid
La Asamblea Nacional que hoy ocupa el Palacio Federal Legislativo no es más que el subproducto de un proceso viciado. Sus escaños, lejos de representar la voluntad popular, son el refugio de una oposición fabricada a la medida del régimen: diputados que no arrastran votos, sino designaciones. No poseen legitimidad; son, en esencia, una pantomima de la soberanía.
Es válido debatir sobre la conveniencia de ocupar espacios en dictadura para alzar la voz. El problema radica en que, para alzar la voz, primero hay que tener una. Si el “diputado opositor” no está allí para desafiar al poder, ¿cuál es su propósito? La obediencia no es estrategia, es claudicación.
La reciente aprobación unánime de una Ley de Amnistía —que excluye deliberadamente a un tercio de los presos políticos— es la prueba definitiva de su inutilidad. No operan como un cuerpo legislativo, ni siquiera como una peña política; funcionan como una caja de resonancia de Miraflores, cuyo único objetivo real es torpedear al liderazgo que hoy aglutina el respaldo abrumador de los venezolanos.
La crisis de legitimidad institucional en Venezuela no es un detalle técnico, es un cáncer político. No habrá estabilización cosmética que valga mientras las autoridades sigan siendo impuestas al margen de la mayoría. Sin representación real, no hay pacto social posible, solo una fachada que se desmorona ante la primera brisa de realidad.
