Fue una entropía de patio de colegio, una carga de mamelucos que solo podía terminar como terminó
NotMid 16/01/2026
OPINIÓN
RAFA LATORRE
Se aprecia mucho en el Madrid la gloria conquistada en los minutos agónicos. Siempre que la gesta tenga lugar en una semifinal de Champions ante el Manchester City y no en los octavos de la Copa, en el Carlos Belmonte y frente al Albacete. Claro. Pero algo ha debido de cambiar en la forma en que el noble y bélico adalid campea por España que, por un instante, de terrible fugacidad, el empate en el descuento a un segunda -empate en el crepúsculo al Alba- nos levantó del asiento.
Justo en la siguiente jugada se vivió otra reminiscencia incómoda, una estampida escolar de la que ninguna plantilla regresa. El Madrid recuperó un balón y con el instinto con el que los niños calzados con J’Hayber perseguíamos un pétreo Mikasa, unos talludos millonarios adoptaron la disposición táctica del enjambre y corrieron todos muy juntos, tropezándose unos con otros, en pos del balón. Fue una entropía de patio de colegio, una carga de mamelucos que solo podía terminar como terminó, con el gol que sellaba la victoria del Albacete. Se me olvidaba un detalle: el portero mirando a la red. No siempre es fácil determinar la gravedad del fallo de un guardameta, pero hay una regla de oro. Si ve el balón entrar en la portería, es muy probable que no esté donde le corresponde.
Esta entrañable escena de fútbol barrial, de partido de ley de la botella quien la tira va a por ella, no te la arregla ningún entrenador. No al menos dentro de los límites de la democracia.
Ninguno de los flipados que juegan -es un decir- hoy en el Madrid significa lo que Xabi Alonso en la historia del club. Y éste tenía que andar persiguiéndolos en cada entrenamiento para que hicieran un par de abdominales, como si fuera el profe de gimnasia de un colegio de pijos. Si el vestuario es una guardería, como lamentó el buen Xabi un minuto antes de su cese, el partido se convierte en la hora del recreo. Eso ha comprobado Arbeloa en su debut como entrenador. No tiene pinta de que su experiencia como míster vaya a mejorar. Esto lo sabe cualquier padre. Si el abuelo se convierte en instancia de apelación, el capricho se transforma en ley.
Esto no exige un complejo cálculo de estructura. La única fórmula que devolverá el equilibrio a la delicada arquitectura del Real Madrid es que la autoridad del entrenador sea igual o superior al berrinche de la estrella más infantil de la plantilla. Y hasta que eso no ocurra, esto.
