NotMid 16/02/2026
ASIA
El taxi avanza a tirones por una autopista elevada. Delante, una serpiente interminable de luces rojas parpadea bajo el cielo plomizo de Shanghái. Son apenas las 4:00 de la madrugada y la neblina de febrero aplasta los rascacielos, borrando sus cimas como si alguien hubiera decidido que la noche no merece horizontes. Estamos a las puertas del Año Nuevo Chino y la ciudad entera parece haberse puesto en marcha a la vez. A lo lejos, emerge la silueta iluminada de la estación de tren de Hongqiao, el epicentro del caos organizado.
Por cada pasillo y escalera mecánica se deslizan ríos humanos cargados de regalos y fardos de comida. El murmullo de las conversaciones y los anuncios por megafonía forman una sinfonía interrumpida por el llanto de los niños y el golpeteo rítmico de las maletas. La inmensa estación parece encogerse bajo la presión de esta marea humana que busca regresar a sus orígenes.
En estos días, los billetes son tesoros codiciados que se pagan con suspiros. Nuestro destino es Longkou, una ciudad asomada al golfo de Bohai, a 900 kilómetros al noreste. En condiciones normales, un vuelo de una hora costaría unos 100 euros; para este sábado 14 de febrero, los pocos asientos disponibles rozaban los 350. El tren, por tanto, no es solo una opción: es la única vía de escape.
Conseguir un pasaje es una carrera contra el reloj. Tras dos semanas probando combinaciones —los trayectos directos se agotaron en segundos—, la aplicación confirmó una ruta de doce horas y quince minutos con un transbordo intermedio.

Estaciones abarrotadas por los desplazamientos del Año Nuevo chino. (Agencias)
La maquinaria del movimiento
El convoy parte de Shanghái con una puntualidad implacable. Afuera, el país entero se mueve. Durante los 40 días que rodean el festival, se esperan 9.500 millones de desplazamientos, la mayor migración humana del planeta. Este año, el Gobierno ha ampliado las vacaciones a nueve días, prolongando ese paréntesis sagrado en el que la fábrica del mundo deja de producir para descansar y reunirse.
A medida que avanzamos hacia el norte, la megaurbe se disuelve. Surgen campos invernales y aldeas de ladrillo que coexisten, casi por accidente, con hileras de rascacielos idénticos brotando en mitad de la nada. Grúas inmóviles dominan el horizonte, recordándonos que el paisaje chino es un lienzo a medio terminar.
Este desarrollismo es palpable en los 160.000 kilómetros de vías que vertebran el país. Nuestro primer tren alcanza los 350 km/h, una velocidad que el ministro español de Transportes, Óscar Puente, aspira a estandarizar en España y que le llevó a visitar China recientemente para evaluar la tecnología que tanto recelo despierta en los fabricantes europeos.

Una azafata en un tren chino con un azafato robot. (Agencias)
Entre fideos y algoritmos
Dentro del vagón, el ambiente es una mezcla de hipertecnología y costumbrismo. Los televisores muestran desde maniobras militares hasta documentales sobre el té. Al llegar la hora de comer, el aire se vuelve “masticable”: el olor penetrante de los fideos instantáneos se mezcla con el vapor de los bollos calientes y las especias. El vagón se transforma en un mercado rodante.
La modernidad, sin embargo, se impone en el servicio: basta con escanear un código QR en el asiento para pedir comida de los restaurantes de las próximas estaciones. El sistema calcula con precisión milimétrica el tiempo de preparación para que una azafata —o en algunos trayectos, Fuxing, el primer asistente humanoide con IA— te entregue el pedido sin que tengas que levantarte.
El retorno al Caballo de Fuego
Nuestro transbordo ocurre en Dezhou, provincia de Shandong. Entre la multitud, muchos niños abrazan pequeños caballos rojos de peluche. Este 2026, que arranca el 17 de febrero, es el Año del Caballo de Fuego.
“El fuego simboliza la luz; el caballo, el coraje”, nos explica una anciana mientras observa a una pareja de recién casados. “Es un buen año para tener hijos; la gente nacida bajo este signo es independiente y enérgica”.
Llegamos a Longkou al atardecer, con el sol fundiéndose sobre el mar de Bohai. Aquí, los reencuentros no son efusivos; el afecto se dosifica en sonrisas contenidas y gestos breves. El aire huele a sal y a leña, confirmando que, aunque los trenes vuelen a 350 km/h, la vida en la costa aún conserva un ritmo que ninguna tecnología ha logrado acelerar.
Agencias
