NotMid 11/02/2026
EDITORIAL NotMid
Jorge Rodríguez evoca inevitablemente a Zelig, aquel personaje de Woody Allen capaz de mimetizarse con quien tenga al lado. Hoy, tras un estudio meticuloso del discurso republicano, Rodríguez se presenta ante las cámaras de Newsmax intentando pasar por un cuadro más del equipo de Donald Trump y Marco Rubio.
La metamorfosis es asombrosa, aunque previsible. Hasta hace poco, sus gritos desde el podio de la Asamblea Nacional buscaban proyectar un radicalismo que eclipsara al de Maduro o Cabello. Ahora, despojado del traje de revolucionario, luce el atuendo de un “trumpista converso” que vislumbra un futuro idílico de negocios con los Estados Unidos.
Sin embargo, el historial de artimañas pesa más que el nuevo guion. Es difícil dejarse seducir por el mismo arquitecto que dinamitó los acuerdos de México y Barbados. Mientras su retórica destila una supuesta reconciliación, sus manos firman los grilletes y el arresto domiciliario para figuras como Juan Pablo Guanipa, Perkins Rocha y Freddy Superlano. La contradicción no es error, es método.
Es imperativo mantener el “ojo avizor”. La estrategia de los hermanos Rodríguez es clara: dilatar la fase de “estabilización” de forma indefinida para evitar, a toda costa, el umbral de la transición democrática. No es una sospecha infundada; es una advertencia que resuena en los informes de Human Rights Watch y en las declaraciones de Luis Almagro.
Nadie sugiere poner la carreta delante de los bueyes ni forzar procesos antes de tiempo. El enfoque “step by step” tiene su lógica diplomática, pero no debe confundirse con la complacencia. En política, dormirse en los laureles es ceder el terreno ganado.
Trabajar en la transición desde ahora no es una opción, es una urgencia. Porque en este juego de sombras, está demostrado que “camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”… y en Venezuela, la corriente ya ha arrastrado demasiadas esperanzas.
