NotMid 10/01/2026
OPINIÓN NotMid
En 2005, The World Is Flat de Thomas L. Friedman se convirtió en la biblia de la globalización. Su metáfora era seductora: un mundo “alisado” por la fibra óptica y las cadenas de suministro, donde la eficiencia económica terminaría por disolver las fricciones geopolíticas. A diferencia del polémico “Fin de la Historia” de Fukuyama, el mundo plano no proclamaba una victoria ideológica, sino una rendición técnica: el capitalismo, se suponía, limaría las aristas del poder hasta volverlo irrelevante.
Dos décadas después, esa modestia reveló su error de cálculo. El mundo no se niveló; se volvió interdependiente pero profundamente asimétrico. El error no fue ignorar la persistencia del Estado, sino creer que el mercado despolitizaría la economía. Ha ocurrido lo contrario: la política, tras años de contención, ha regresado como un instrumento de competencia brutal.
El realismo de Pekín y el desborde industrial
China nunca compró la ilusión de Friedman. Mientras Occidente celebraba la “inclusión participativa”, Pekín diseñaba una estrategia de primacía estatal y control de nodos críticos. Su actual política de “circulación dual” es el epitafio del mundo plano: una apuesta por la inserción comercial que prioriza, por encima de todo, la autonomía tecnológica y el mercado interior frente a las presiones externas.
El orden internacional enfrenta hoy un problema de escala. La arquitectura multilateral (OMC) fue diseñada para integrar economías notables, pero no arrolladoras. Con una capacidad manufacturera que se proyecta hacia el 45% del output mundial para finales de la década, China produce más de lo que su demanda interna puede absorber. Este excedente actúa como una válvula de ajuste que traslada el desequilibrio estructural al resto del planeta, generando fricciones que el sistema actual no sabe contener.
Del árbitro al jugador: El giro de Washington
Históricamente, Estados Unidos gestionaba estos desajustes como el árbitro de última instancia. La entrada de China en la OMC en 2001 no fue una ingenuidad democratizadora, sino una apuesta por la convergencia previsible bajo el amparo de Washington.
Esa premisa ha muerto. Donald Trump no creó la disrupción; la hizo operativa. Su objetivo no es reformar el orden, sino abandonar su gerencia. Estados Unidos ha pasado de vertebrar el sistema a utilizar sus resortes desde una posición de fuerza transaccional. No es una retirada estratégica, sino un cambio de paradigma: la maximización de la ventaja inmediata sobre la estabilidad global.
Un Sur Global transaccional y una Europa descentrada
En este escenario de segmentación, emergen actores que rechazan los alineamientos rígidos. India y Brasil lideran esta clase de realismo pragmático, eligiendo flexibilidad en un entorno crecentemente transaccional. Por su parte, China despliega una propuesta ambiciosa que no busca la ruptura frontal —la vía rusa—, sino una reconfiguración del sistema que sea impermeable a la injerencia política pero abierta al comercio.
Mientras tanto, la Unión Europea habita la periferia de la centralidad. Los sueños del soft power y el “efecto Bruselas” se desvanecen ante la crudeza del hard power de las potencias. La debilidad europea nace de su anclaje a categorías heredadas y un universalismo normativo que ya no entra en el cálculo estratégico de los grandes polos.
Conclusión: Aceptar la rugosidad
El mercado se ha vuelto pura política. Aranceles, subsidios y control de materias primas se juegan en un tablero donde no existe la neutralidad. Cada decisión económica desplaza costes y recoloca a los agentes en relación con el poder.
El mundo no es plano; es rugoso. Está lleno de desniveles, fricciones y puntos de apoyo desiguales. Reconocerlo no es cinismo, sino el realismo necesario para sobrevivir. Para Europa, el reto no es la nostalgia por un orden que ya no existe, sino dar el salto cualitativo hacia una Unión con sustancia estratégica. En este nuevo siglo, lo decisivo no serán los grandes relatos, sino la capacidad de leer el entorno y construir estructuras de cooperación en un mundo que ya no admite ilusiones topográficas.
