NotMid 26/02/2026
EDITORIAL NotMid
La renuncia de Yolanda Díaz a encabezar la candidatura de la izquierda radical en 2027 no marca el fin de un ciclo; es, más bien, el acta notarial de un agotamiento que venía de lejos. La vicepresidenta segunda fue, desde su génesis, un artefacto político diseñado a medida de Pedro Sánchez: un rostro amable para barnizar una coalición soldada por la aritmética más que por un proyecto compartido. Su paso a un lado llega cuando su liderazgo se ha consumido por la misma razón que la hizo útil: la ausencia de una autonomía real y de una estructura orgánica sólida.
Sumar nunca fue un partido, sino un archipiélago de siglas orbitando alrededor de un hiperliderazgo de cartón-piedra. La fórmula funcionó mientras Díaz fue un activo electoral y mientras Moncloa necesitó un parachoques para amortiguar el desgaste de la gestión. Pero en política, la autoridad que no se ejerce se evapora. Entre ultimátums estériles y una dependencia asfixiante de los equilibrios internos, Díaz acabó reducida a figurante de lujo. Cuando el poder percibe que su socio menor es prescindible, deja de negociar para pasar a tutelar.
La carta de despedida de Díaz intenta disfrazar el repliegue de “generosidad” e “ilusión”. Sin embargo, la realidad es más cruda: la izquierda a la izquierda del PSOE lleva años canjeando el interés general por la supervivencia de aparato.
- Si el debate se reduce al nombre y al reparto de cuotas, el proyecto no existe.
- Si la solución para evitar la “confusión” es borrar la marca, es que nadie sabe ya qué representa ese espacio.
Resulta difícil no ver en este movimiento —sumado a la reciente operatividad de Gabriel Rufián— una lógica funcional a las necesidades estratégicas de Pedro Sánchez. La salida de Díaz opera como una limpieza de pista: elimina el obstáculo personal para una reconciliación con Podemos y permite que la alianza se venda como “nueva” sin alterar su esencia. Es la reconstrucción de la izquierda satélite para apuntalar el bloque de investidura.
Conclusión: La izquierda radical no puede sobrevivir siendo una simple muleta parlamentaria. O articula una propuesta crítica, con implantación real y una posición moral reconocible, o continuará su proceso de atomización entre personalismos y franquicias de ocasión. Díaz se aparta, pero la incógnita persiste: ¿para qué sirve ese espacio más allá de sostener el alquiler de la Moncloa? Si no encuentran una respuesta, el vacío lo ocuparán otros. Y no necesariamente dentro del bloque progresista.
