NotMid 09/02/2026
EDITORIAL NotMid
No hay palabras suficientes para describir el estallido de júbilo que recorrió Venezuela este domingo. La excarcelación de decenas de líderes democráticos —detenidos, vejados y torturados por la furia de un régimen que cobra en venganza su derrota del 28 de julio— no fue un acto de gracia, sino un triunfo de la dignidad. Ese sentimiento es eléctrico: se propaga por el cuerpo de la nación con la fuerza de lo inevitable.
Si el regreso a casa de unos pocos ha provocado esta conmoción, resulta casi imposible dimensionar la fiesta nacional que sobrevendrá cuando Venezuela se sacuda definitivamente el yugo de la opresión.
La voluntad de cambio permanece blindada. Aunque el aparato represivo insista en su vileza —como lo demuestra el ensañamiento contra Juan Pablo Guanipa— y muchos sigan tras las rejas, el estruendo en los barrios al recibir a cada liberado es una señal inequívoca. Es el latido de un país que se niega a morir en silencio; basta poner el oído en tierra para escuchar el rugido que viene desde las profundidades.
Lo que es evidente no requiere demostración. El 3 de enero marcó el inicio de una nueva cronología, le pese a quien le pese en la cúpula de Miraflores. El sistema del terror debe saber que el destino está sellado y que el pueblo, soberano y despierto, ya no acepta más escarmientos que la libertad plena.
