NotMid 21/02/2026
OPINIÓN
LEOPOLDO LÓPEZ
La reciente aprobación de una Ley de Amnistía en Venezuela se presenta como el umbral de una nueva etapa política. Es imperativo reconocer lo esencial: cada preso político que recupera su libertad es una victoria de la humanidad sobre la injusticia. Para las familias que dejan atrás el calvario de las rejas, el alivio es real y profundo. Cada liberación debe celebrarse sin matices.
Sin embargo, quienes hemos vivido la arbitrariedad en carne propia sabemos que la libertad de unos pocos no equivale a la justicia para todos. Yo pasé siete años preso, sentenciado a catorce más en un juicio sin testigos ni pruebas. Conozco el peso de un sistema diseñado no para juzgar, sino para quebrar la disidencia. Por eso, mi análisis no nace del escepticismo, sino de la memoria.
Lo que enfrentamos en Venezuela no fue una serie de errores judiciales, sino un modelo de represión estructural. Un sistema que utilizó leyes ambiguas y procesos opacos para castigar el pensamiento. Hoy, aunque las excarcelaciones son un avance necesario, el aparato que las hizo posibles permanece intacto.
La amnistía actual cojea por tres flancos críticos:
- La exclusión: El texto legal ignora casos emblemáticos de nuestra historia reciente, dejando en el olvido a civiles y, muy especialmente, a militares que siguen tras las rejas por las mismas razones políticas.
- La estructura: El marco jurídico y operativo que permitió la persecución no ha sido desmontado. La represión se ha pausado, pero no se ha desactivado. Las instituciones conservan su capacidad de fuego intacta.
- La discrecionalidad: La aplicación de la ley queda en manos de los mismos actores que ejecutaron la persecución. Sin mecanismos independientes, la justicia se convierte en una concesión selectiva y no en un derecho universal.
Sin garantías de no repetición, no hay reconciliación; hay tregua.
La transición democrática exige más que gestos aislados o puertas giratorias. Para que este horizonte sea creíble, la ruta debe ser clara y ambiciosa: liberación plena de todos los presos políticos, retorno seguro de los exiliados, apertura del espacio cívico y, fundamentalmente, un nuevo Consejo Electoral independiente que garantice elecciones generales libres y verificables.
Venezuela necesita reconciliación, pero no una basada en la permanencia de las estructuras que nos persiguieron. La libertad de algunos es un bálsamo, pero la transformación radical del sistema es la única prueba real de que avanzamos hacia la democracia.
La verdadera amnistía no es solo abrir una celda; es cerrar definitivamente el capítulo del Estado represor.
