Con el acuerdo sobre el cupo catalán, Pedro Sánchez hace al PSOE rehén de una idea de España contraria a su naturaleza
NotMid 14/07/2025
EDITORIAL
De la profusa lista de cesiones que el presidente Pedro Sánchez ha entregado a los partidos nacionalistas en contra del interés general, el acuerdo que el Gobierno y la Generalitat han presentado en Barcelona sobre la llamada «financiación singular» es el que tendrá consecuencias más graves en la vida de los ciudadanos.
El pacto pone las bases para que Cataluña recaude y gestione la totalidad de los impuestos, sobre todo el IRPF, y limite su contribución a los gastos comunes. Esto no solo consolida la desigualdad ante la ley -como hizo la amnistía-, sino la desigualdad económica entre españoles. El Estado renuncia a su rol insustituible como agente redistribuidor de la riqueza al otorgar un privilegio de tipo foral a una de las regiones más ricas, sobre la premisa de que serán los habitantes del resto del país -salvo los del País Vasco y Navarra- quienes abonarán la factura de la soberanía catalana. No solo deberán pagar más para mantener sus servicios públicos, sino que el Estado tendrá que financiar de manera adicional las competencias que la Generalitat vaya adquiriendo.
Si bien el texto presentado es vago y no contiene plazos ni fórmulas -el desafío es difícil: la eficiente Hacienda común no puede desmontarse de un día para otro-, lo relevante es el movimiento político de alto voltaje que Sánchez ha llevado a cabo. Al margen de que finalmente se apruebe la reforma de la Ley Orgánica de Financiación de las Comunidades Autónomas (LOFCA), el presidente empuja al PSOE a un posicionamiento contrario a su naturaleza y de difícil marcha atrás para el partido y para el país en su conjunto.
Con este acuerdo, los socialistas rompen no ya con su vocación federalista, sino con su trayectoria como fuerza vertebradora del país en torno a la igualdad entre ciudadanos y la solidaridad interterritorial. El presidente deja al partido como rehén de esta idea confederal de España propia del PSC -al que consolida como agente de poder en Cataluña, en perjuicio de Junts, y en el PSOE-, al tiempo que torpedea la alternativa política, al condenar al centroderecha a abanderar la frustración de una expectativa tan alta.
El cupo catalán es un error desde todos los puntos de vista. Primero, por cómo se ha negociado: de manera bilateral y oscura al margen del Consejo de Política Fiscal y Financiera, donde se reúnen todas las CCAA, lo cual ya supone en sí mismo la aplicación para Cataluña de un modelo de Estado confederal que la Constitución no contempla sin que los españoles hayan sido consultados.
Es rechazable en la forma, además, porque el acuerdo se ha fraguado con la oposición de todas las comunidades de régimen común: desde el rechazo contundente que exhiben los barones del PP y el socialista Emiliano García-Page, hasta los recelos que ha manifestado el socialista asturiano Adrián Barbón. Todo ello en un contexto en el que la derecha supera con holgura al «bloque de investidura» en las encuestas. No hay mayoría social real tras este mayúsculo paso adelante.
La propia motivación del cupo lo hace también condenable. Porque no es la búsqueda de una financiación autonómica más equitativa, como cínicamente sostienen socialistas y republicanos al plantearlo como un modelo «generalizable», sino otra más sencilla y perversa: la permanencia de Sánchez y Salvador Illa en el poder.
Asimilando de forma acrítica el lenguaje nacionalista, y con la inaceptable y escapista incomparecencia de la ministra de Hacienda y candidata a la Junta de Andalucía, María Jesús Montero, Sánchez ata con ERC un cambio estructural que consagra la división entre la España de los ricos y la España de los pobres, y que obligará a andaluces y extremeños a pagar más impuestos por tener peores hospitales.
La semilla de la discordia está sembrada, y nada indica que, al igual que ocurrió con el Estatut de José Luis Rodríguez Zapatero, la promesa difícilmente ejecutable de Sánchez no termine siendo utilizada por el populismo nacionalista como un trampolín de frustración identitaria hacia un nuevo procés. Para entonces Cataluña tendrá algo más que en 2017: la bendición del falso relato victimista del España nos roba y, si el plan se consuma, la llave de la caja.