De Sinner a Swiatek: La diadema de entrenamiento mental FocusCalm, un ‘wearable’ que midió sus ondas cerebrales, expuso sus datos sensibles a China. Es la señal de alerta que demuestra por qué un expediente de salud vale 250 veces más que un número de tarjeta bancaria en el mercado negro.
NotMid 03/10/2025
Ciencia y Tecnología
El tenista Jannik Sinner, la número uno Iga Swiatek, el piloto Charles Leclerc, la esquiadora Mikaela Shiffrin o la plantilla al completo del Manchester City. Todos cayeron en la misma trampa: creyeron utilizar un dispositivo inofensivo cuando, en realidad, estaban abriendo la puerta a sus datos más sensibles.
Según una investigación reciente del medio estadounidense Hunterbrook Media, el Gobierno de China habría accedido a la información de la diadema FocusCalm, un wearable de entrenamiento mental que mide las ondas electroencefalográficas de sus usuarios. Con ella en la frente, Sinner y compañía analizaban los picos de estrés o desconcentración de sus entrenamientos, al mismo tiempo que, inadvertidamente, exponían sus cerebros a diversas empresas del país asiático.
Aunque FocusCalm ha negado cualquier injerencia y el escándalo no ha escalado a denuncias públicas, el incidente sirve como una alerta mundial. Hoy, se utilizan en todo el mundo 543 millones de wearables que generan más de un billón de datos anuales. El ritmo cardíaco, la saturación de oxígeno, el sueño y el grado de estrés son indicadores de salud al alcance de una pulsera de 40 euros. ¿Realmente sabemos el valor y el peligro de toda esta información?
La Paradoja de la Privacidad: ¿Por qué tu Corazón Vale más que tu Banco?
Existe una peligrosa paradoja en la manera en que manejamos nuestra información. “Tapamos el PIN al sacar dinero o arrancamos la etiqueta de una caja de compra online, pero publicamos en abierto los latidos de nuestro corazón,” señala Ricard Martínez, director de la Cátedra de Privacidad y Transformación Digital de la Universitat de València.
Desconocemos el valor real de esos datos, pero el mercado negro no. Samuel Parra, abogado experto en protección de datos, explica que información común como el DNI o la cuenta bancaria ya ha perdido valor porque está muy expuesta. Los datos de salud, en cambio, son muy codiciados porque están más protegidos legalmente.
Un estudio de la empresa de ciberseguridad Trustwave reveló el demoledor contraste: mientras que los números de una tarjeta bancaria se podían comprar por apenas cinco dólares en la deep web, un expediente sanitario completo costaba más de 250 dólares. ¡Es 50 veces más valioso!
La Cuadratura del Círculo del Control
Los datos biomédicos suponen la cuadratura del círculo del control del consumidor. Si gigantes como Google o Meta ya conocían nuestra edad, peso, ingresos y hábitos, ahora también saben cómo nos encontramos: si padecemos hipertensión, si dormimos mal o si estamos nerviosos. “El perfil ya es completo,” sentencia Parra.
El valor de esta información no es solo financiero; es predictivo. Una aseguradora puede utilizar tus datos para aumentarte la prima, o una clínica privada puede detectar una dolencia y bombardearte con publicidad sobre un test o tratamiento.
“Hace unos años Google compró Fitbit por 2.100 millones y poco después absorbió la fabricación de sus pulseras. No querían su servicio, querían sus datos“, recuerda Martínez, que subraya el peligro al mezclar información. “¿Cuánto pagarían las mutuas privadas por saber exactamente qué personas con altas rentas padecen hipertensión?”.
A pesar de que estos dispositivos ofrecen una oportunidad inmensa a nivel hospitalario —pudiendo sustituir monitores Holter o, en el futuro, avisar automáticamente a Emergencias de un infarto—, el riesgo de su uso comercial es alto.
La Trampa del Consentimiento y Cómo Protegerse
La legislación europea establece medidas concretas para la información de salud, pero la trampa es el consentimiento. Los reguladores son cada vez más exigentes —como demuestra la histórica multa de la Comisión Europea a Meta por 200 millones—, pero la justificación más común para tratar los datos sigue siendo que el usuario los acepta.
Un estudio de la Universidad de Dublín publicado en Nature detectó que las empresas de wearables exponen documentos larguísimos, con una media de 6.113 palabras, para acceder a todas las funciones. ¿Alguien los lee? Rara vez. Los usuarios simplemente aceptan para poder usar la aplicación.
“Tendríamos que utilizar los wearables con la misma prudencia con la que usamos el coche,” concluye Martínez. La clave está en la conciencia y en la selección. El mismo análisis de Dublín identificó una gran diferencia de riesgo de exposición entre algunas compañías chinas y la mayoría de las europeas.
Aunque los datos sensibles de Sinner y sus colegas no hayan sido robados públicamente, la amenaza es real. Es hora de dejar de publicar los latidos de nuestro corazón sin medir las consecuencias.
Agencias
