NotMid 14/01/2026
EDITORIAL NotMid
Hay una pregunta incómoda que muchos prefieren esquivar: ¿De qué va a vivir el régimen si le desmantelan el engranaje del oro, el narcotráfico y sus múltiples “sucursales” del crimen transnacional?
¿De la renta petrolera? Difícil. Incluso en su apogeo, el crudo exigía un mínimo de institucionalidad que hoy es inexistente. Un Estado no se sostiene solo con alcabalas, extorsión y peajes informales; eso apenas alcanza para alimentar, por un tiempo breve, a la base de la pirámide represora.
Si la operación iniciada el 3 de enero —con todas sus zonas grises e interrogantes— tiene como objetivo real desmontar una organización criminal, hay una lectura que simplemente no cuadra: Estados Unidos no busca una “gerencia más amable” para el cartel. Cuando hablamos de Washington, no nos referimos a la administración de turno, sino a una política de Estado que ha madurado durante años entre republicanos y demócratas. Para la seguridad nacional estadounidense, el problema no es quién administra el caos, sino el caos mismo.
Pensar que el objetivo es apenas “ordenar” el negocio o blanquearlo superficialmente para seguir adelante, es ignorar cómo opera el sistema cuando identifica una amenaza estructural.
Hacer análisis “a bote pronto” suele conducir al error: se confunden los síntomas con la enfermedad. Creer que “el apoyo de los gringos” ya está asegurado para figuras como Delcy Rodríguez, a escasos días de una operación inédita, es —por decir lo menos— ingenuo. La matemática no da:
- Políticamente: El hedor a traición interna solo se acrecentará, fracturando lo poco que queda de cohesión en la cúpula.
- Económicamente: El flujo de caja criminal está herido; la plata no llegará por las vías de siempre.
- Estratégicamente: Estados Unidos no busca la continuidad del cartel, ni siquiera a cambio de petróleo barato.
El tablero ha cambiado. No se trata de un cambio de rostros, sino de una asfixia sistémica que hace que la supervivencia del modelo actual sea, sencillamente, insostenible.
