Shanghai se consolida como la vitrina del “poder blando” de Xi Jinping, fusionando el misticismo revolucionario con una vanguardia tecnológica que ya seduce a Occidente.
NotMid 27/12/2025
ASIA
Xintiandi funciona como una burbuja dentro de la propia burbuja que Shanghai representa para China. En este rincón, el caos visual y el tráfico febril desaparecen. Aquí, el motor económico del gigante asiático juega con un equilibrio preciso entre memoria, poder y modernidad. Hasta hace poco, este barrio de boutiques y coctelerías minimalistas era conocido por su lujo occidental; hoy, su parada de metro ha sido rebautizada con un nombre que es toda una declaración de intenciones: Sede del Primer Congreso Nacional del Partido Comunista Chino.

Una imagen de estilo histórico-muralista que represente la reunión clandestina en el shikumen de 1921, con un joven Mao Zedong entre los revolucionarios, en un ambiente tenue y secreto.
El origen: De la clandestinidad al ‘Turismo Rojo’
El corazón visual de Xintiandi son las casas shikumen, viviendas tradicionales de piedra gris y marcos de madera. En 1921, un grupo de 13 intelectuales —entre ellos un joven y desconocido Mao Zedong— se reunió aquí de forma clandestina para fundar un partido basado en el marxismo-leninismo. Aquella reunión, interrumpida por la policía francesa de las antiguas concesiones, terminó en una barca turística en Jiaxing.
Hoy, esa precariedad ha dado paso al “turismo rojo”: una peregrinación patriótica donde escolares y funcionarios desfilan ante una vivienda reconvertida en museo pedagógico. La paradoja es total: el PCCh, el partido más poderoso del planeta, nació en uno de los rincones más consumistas y caros del mundo. Para la propaganda oficial, no es una contradicción, sino una prueba: el Partido no surgió del atraso rural, sino de la modernidad urbana, consolidándose como el único garante del desarrollo tecnológico.

Una ilustración vibrante de Xintiandi, mostrando las casas shikumen tradicionales en primer plano y, detrás, rascacielos modernos que se elevan hacia el cielo, simbolizando la fusión de lo antiguo y lo nuevo.
Un laboratorio de ciencia ficción
Shanghai no es la capital política —honor que reserva a Pekín—, sino la vitrina refinada de China. Es una urbe de 30 millones de personas donde la infraestructura no solo seduce, sino que funciona con una disciplina robótica.
La vida diaria aquí parece extraída de una novela de Isaac Asimov:
- Biometría total: Pagos en supermercados mediante escaneo facial vinculado a Alipay.
- Movilidad autónoma: Taxis sin conductor y trenes de levitación magnética a 430 km/h.
- Seguridad robótica: Perros mecánicos con reconocimiento facial patrullan las urbanizaciones.
- Ciborgs cotidianos: Ancianos que pasean con exoesqueletos robóticos integrados con GPS.
“Shanghai siempre ha sido la punta de lanza”, explica la escritora Lucila Carzoglio, autora de la Guía de Shanghai. “Es un experimento global: una sociedad que pasó de la pobreza a los gustos de clase media en tiempo récord. Lo que ocurre aquí moldea el futuro”.

La seducción de la ‘Marca China’
En 2025, la estrategia de “poder blando” de Xi Jinping está dando frutos inesperados. Según datos de The Economist y GlobeScan, la preferencia global por China ha subido al 33%, mientras que EE. UU. cae al 46%, especialmente entre los jóvenes de 18 a 24 años.
Pekín ha desplegado un ejército de influencers extranjeros para vender una imagen de estabilidad y vanguardia. Mientras Occidente se distrae con las turbulencias de la era Trump, China saca pecho con “pelotazos” culturales y tecnológicos como la IA DeepSeek o el fenómeno viral de los muñecos Labubu. En el sur de Europa (España, Italia, Portugal), la percepción de China está virando: ya no se ve solo como un mercado, sino como un aliado estratégico.

Una escena futurista de Shanghai, mostrando elementos de alta tecnología integrados en la vida diaria: personas pagando con reconocimiento facial, taxis autónomos en calles futuristas y trenes maglev en el fondo, con rascacielos distintivos.
Monjes robot y guerra comercial
Pero tras las luces de neón del Bund, late la dura batalla por la hegemonía. China ya supera a EE. UU. en investigación de vanguardia en 57 de 64 áreas tecnológicas críticas, según el Instituto Australiano de Política Estratégica (ASPI).
El dominio es total en dos frentes:
- Minerales críticos: El control casi absoluto del procesamiento de tierras raras.
- Músculo exportador: Un superávit comercial que ya supera el billón de dólares, inundando el mundo no solo con bienes baratos, sino con maquinaria pesada y coches eléctricos que aterran a la industria europea.
Incluso la fe se automatiza. En las afueras de la ciudad, la “escuela de robots” más grande del país entrena humanoides para tareas domésticas y prepara a una veintena de “monjes robots” que emitirán sermones en templos de la India.
De vuelta en Xintiandi, un humanoide policía patrulla frente a la casa donde nació el Partido. En esa estampa se resume la China actual: una nación que utiliza su pasado revolucionario como cimiento para construir una hegemonía tecnológica que el mundo, guste o no, ya está empezando a comprar.
Agencias
