NotMid 24/01/2026
EDITORIAL NotMid
El hostigamiento de Donald Trump hacia sus aliados a cuenta de Groenlandia ha infligido una cicatriz profunda en la Unión Europea. Si bien la ruptura total se mantiene como un escenario inviable —dada la dependencia de Bruselas respecto a Washington para sostener el frente ucraniano—, el episodio marca un punto de inflexión irreversible. No asistimos a una mera escaramuza retórica o a una disputa comercial más; estamos ante una amenaza explícita contra la soberanía y la integridad territorial de un Estado miembro. El daño al vínculo transatlántico es, hoy por hoy, sistémico.
En las cancillerías europeas se ha instalado la resignación ante lo que ya califican como la “nueva normalidad”: una diplomacia regida por la imprevisibilidad y la coacción permanente desde la Casa Blanca. Europa se resiste a demoler ocho décadas de arquitectura transatlántica ni desea sucumbir a la política del exabrupto en redes sociales, pero la sumisión ya no está sobre la mesa. La consigna en Bruselas es tan clara como compleja: mantener la sangre fría para preservar el diálogo sin que ello signifique bajar la guardia.
La principal conclusión de los jefes de Estado y de Gobierno tras la convulsa cumbre del pasado jueves en Davos es que la firmeza es el único lenguaje que computa en este nuevo orden. Por primera vez, la UE ha respondido con una advertencia unánime: el despliegue de su “bazuca comercial” ante cualquier agresión a la soberanía danesa. El repliegue táctico de Trump —quien ha suavizado sus amenazas de fuerza y aranceles— confirma que, ante un liderazgo que solo entiende de poder, la unidad europea es la única defensa eficaz.
