NotMid 24/01/2026
OPINIÓN NotMid
El Foro de Davos ha dejado de ser un escaparate de propuestas para convertirse en un crudo altavoz de la realidad. Lo relevante este año no ha sido el contenido, sino el tono: una lógica que certifica que no estamos ante una crisis pasajera, sino ante una alteración de la gramática misma del poder.
El orden multilateral nacido tras 1945 —basado en el Derecho internacional y el comercio reglado— ya mostraba fatiga. Pero el 47º Presidente de los Estados Unidos ha acelerado el proceso, transformando una erosión silenciosa en una fractura abierta. Al dar una patada al tablero, ha forzado al resto de actores a una adaptación de urgencia.
El fin del consenso tácito No conviene idealizar el pasado. Aquel orden nunca fue perfecto ni las normas siempre respetadas. Sin embargo, existía un consenso de las élites sobre la legitimidad de las reglas como referencia común. Hoy, ese acuerdo se ha disuelto. Como subrayó Mark Carney en la intervención más sólida del foro, el problema no es la imperfección del Derecho, sino la quiebra del entendimiento básico que lo amparaba.
El “Trumpismo” como método operativo Reducir el fenómeno Trump a la psicología de un individuo es un error reconfortante pero insuficiente. El presidente encarna un planteamiento específico de las relaciones internacionales definido por tres ejes:
- La incoherencia como ventaja: La contradicción permanente entre dichos y hechos desarbola al interlocutor. La imprevisibilidad no es una tara; es un método para anular la capacidad de anticipación del adversario.
- La provocación como lenguaje: El exabrupto y la mezcla de lo solemne con lo grotesco buscan normalizar el conflicto. En Davos, quedó patente el abismo entre esta agresividad estadounidense y la cautela casi administrativa de los europeos.
- La atención como forma de poder: Captar el foco obliga al resto a reaccionar. La política deja de ser deliberativa para volverse reactiva. Quien marca el ritmo obtiene el rédito sin necesidad de pactar.
El contraste de las potencias Mientras Estados Unidos emplea la lógica de la fuerza y la velocidad, China juega a largo plazo. Pekín no defiende el viejo orden, pero lo capitaliza. Se presenta como un beneficiario paciente que, ante la falta de arbitraje mundial, utiliza su consistencia estratégica como un activo contable.
El desafío existencial de Europa Estamos ante una mutación: la prosperidad colaborativa cede ante la seguridad nacional. El Estado vuelve como agente central, ya no para proteger al ciudadano (Estado providencia), sino para gestionar dependencias y garantizar suministros (Estado estratégico).
Para la Unión Europea, el dilema es de supervivencia. Su fuerza siempre fue la capacidad regulatoria (auctoritas), pero el Derecho solo se sostiene si va acompañado de capacidad coercitiva, tecnológica e industrial (potestas). La regla sin fuerza conduce a la irrelevancia.
El mayor peligro para Europa no es la presión externa, sino su propia dispersión interna. En un momento que exige integración, vemos síntomas de retroceso, como las recientes dudas del Parlamento Europeo sobre la política comercial. Si la Unión responde a un mundo de gigantes con fragmentación, su apego a las normas no será una virtud, sino una vulnerabilidad terminal.
