Viajar al pasado puede ser agradable, si es que has hecho las paces -más o menos- con la vida
NotMid 29/11/2025
OPINIÓN
LUCÍA MÉNDEZ
Viajar al pasado puede ser un placer, una agonía, un desquite, un esfuerzo, un tren que se para, un coche averiado o un avión que no despega. Viajar al pasado cansa, duele, alimenta, empacha, adelgaza o te deja mudo. Viajar al pasado es un pasatiempo o un ejercicio peligroso, una forma de vivir o un método para no dejarse vencer por el futuro. Las personas jóvenes, en general, no suelen hacer viajes al pasado, ni al tren de la bruja de la infancia, ni a las pelis de Disney. Quienes ponen rumbo al pasado son las personas de edad.
Ahora hay mucha gente pudiente que viene a España procedente de Latinoamérica y te paran en las recepciones para decirte: “Yo vengo del futuro a contaros lo que le va a pasar a España”. Y la verdad. Les escucho y pienso que tienen un mérito tremendo. Porque saber lo que va a pasar en España la semana que viene es una tarea en la que no atinarían ni el mismísimo oráculo de Delfos ni Aramis Fuster, consuelo de las noches de soledad, tristeza y dolores de tanta gente.
Viajar al pasado te puede causar una gripe, una infección o una llorera. El pasado puede causarte un esguince de tobillo si cada día tienes que caminar entre los cascotes de las referencias vitales que servían para caminar por la vida. Obligarte a caminar sin apoyo ni cimientos es peligroso, como lo es también apoyarte en columnas o sostenerse en contrafuertes horadados. Cuánta gente se apoya, una y otra y otra vez, en pilares que no son capaces de sostenerse ni a sí mismos.
Viajar al pasado puede ser agradable, si es que has hecho las paces -más o menos- con la vida. El viaje puede incluir un catering con sorpresa, un viajero en el asiento de al lado que conoció a la familia ya desaparecida. El viaje entonces atraviesa el vagón de la tristeza para ver a la familia desaparecida que, de repente, aparece en la voz de un desconocido que conoces.
Los viajes al pasado son sanadores para el alma cuando se constata que el pasado realmente sucedió tal y como se recuerda. ¡Cuántas veces pensamos que los recuerdos tienen que ser inventados cuando viajamos por el presente hacia dónde sea!
Viajar al pasado puede ser reencontrarse con el viejo amor sin saber, o con los vecinos que saben quién eras de pequeña. O puede ser que alguien te entregue un sobre con una foto de hace 40 años y te diga que ha estado esperando 40 años para dártela. Parece mentira. Pero estas cosas ocurren.
