NotMid 27/03/2026
EDITORIAL NotMid
Mientras una madre de 81 años clama por una fe de vida de su hijo, desaparecido hace 14 meses por la dictadura, el hijo de Nicolás Maduro no padece esa incertidumbre. Él sabe exactamente dónde y cómo está su padre. Sabe, además, que cuenta con una defensa de lujo, cuyos honorarios astronómicos —ajenos a cualquier “tasa oficial”— contrastan con la miseria que el régimen impuso al país.
La decisión del juez de no desestimar el caso confirma lo que es un hecho público, notorio y comunicacional: la ausencia absoluta en la presidencia de Venezuela. En un Estado de Derecho, esto acarrearía consecuencias jurídicas y electorales inmediatas; pero en nuestra realidad, la Constitución sigue siendo una asignatura pendiente.
Hoy, la otrora poderosa dupla dictatorial comparece vestida de caqui, despojada de escoltas y símbolos de poder. Resulta paradójico —y revelador— ver a Maduro y a Cilia Flores acogidos al debido proceso. A Flores, por ejemplo, el tribunal le ha concedido un chequeo cardiológico; un derecho humano elemental que su régimen negó sistemáticamente a cientos de presos políticos. Esa negligencia estatal fue, en la práctica, una condena de muerte para figuras como el exgobernador Alfredo Díaz, quien falleció bajo custodia en El Helicoide.
Aunque reconforta ver a los responsables frente al estrado, no hay espacio para el triunfalismo. La justicia plena en Venezuela es aún un horizonte lejano. La tarea sigue pendiente: es imperativo mantener la presión, pues los cómplices del sistema permanecen libres, intentando prolongar el terror y preservar los restos de un esquema criminal que se resiste a morir.
