NotMid 06/03/2026
OPINIÓN NotMid
Nadie habría imaginado que el tributo de Delcy Rodríguez para conmemorar el decimotercer aniversario de la muerte de Hugo Chávez sería, precisamente, la firma de acuerdos millonarios con los “gringos” y la capitulación diplomática ante el “imperio mismo”.
“Huele a azufre” en Miraflores, habría sentenciado el fallecido caudillo. O quizás lo habría dicho su heredero, ese que hoy purga una merecida condena en Nueva York junto a la “combatiente” de turno. Es la ironía del destino: el discurso antiimperialista se desmorona frente a la urgencia del flujo de caja.
Chávez ha muerto de nuevo, y esta vez la última palada de tierra se la ha lanzado la propia Delcy. Quizás sea su forma de ajustar cuentas con quien, en su momento, la expulsó del gabinete por la puerta trasera. Mientras tanto, un Diosdado visiblemente mermado supura por la herida; al verse desplazado, intenta recuperar relevancia lanzando amenazas contra María Corina Machado. No comprende que, para quienes hoy mueven los hilos desde Washington, él no es más que un obstáculo residual en un proceso que ya lo superó.
Como demócratas, no solo celebramos el colapso simbólico de un proyecto fallido. Festejamos el fin de las alianzas con el “eje del mal”, el entierro del estatismo petrolero y la despedida de ese espejismo llamado “mar de la felicidad cubana”.
Estamos ante avances tangibles de una transición en marcha. Esta ruta aterrizará —quieran o no los “hermanos siniestros”— en un gobierno elegido democráticamente, tal como lo ha ratificado el Departamento de Estado.
Avanzamos de manera irreversible entre resistencias, trampas y el inevitable forcejeo del poder. ¿Habríamos preferido otro camino? Sin duda. Pero al levantar la vista y mirar el bosque, las señales son claras: el norte democrático está a la vista.
¡Es hora de prepararse!
