NotMid 11/04/2026
MUNDO
Islamabad, el epicentro de la diplomacia global. Este fin de semana, todas las miradas convergen en el lujoso Serena Hotel de la capital de Pakistán. La ciudad —que aspira a hacer honor a su nombre, “ciudad de la paz”— se convirtió este sábado en el escenario de unas críticas negociaciones entre Estados Unidos e Irán. El objetivo: consolidar el frágil alto el fuego pactado esta semana y transformarlo en una paz duradera.
Al frente de la delegación estadounidense se encuentra el vicepresidente JD Vance, flanqueado por el enviado especial Steve Witkoff y Jared Kushner, yerno del presidente Trump. La incertidumbre marcó las horas previas; hasta bien entrada la madrugada, no estaba claro si Teherán acudiría a la cita. El régimen iraní supeditaba su presencia a que la tregua se extendiera también al Líbano, territorio devastado por los recientes bombardeos israelíes.
Las dudas se despejaron con el aterrizaje en la Base Aérea Nur Khan de una comitiva iraní de 71 personas, liderada por el presidente del Parlamento, Mohammad Qalibaf, y el ministro de Exteriores, Abbas Araghchi.
La diplomacia de los gestos
La jornada dejó una imagen estremecedora difundida por los medios estatales iraníes: en el avión de la delegación, escoltado por cazas paquistaníes, se reservaron varias filas de asientos vacíos. Sobre ellos, fotos de los niños fallecidos en el bombardeo estadounidense contra la escuela de Minab y mochilas escolares todavía manchadas de sangre. Una declaración de intenciones antes de bajar a tierra.
El formato de la cumbre refleja la magnitud del abismo que separa a ambas potencias. No hay encuentros cara a cara. Las delegaciones permanecen en salas separadas y son los mediadores paquistaníes quienes trasladan propuestas, matices y advertencias. Es un sistema lento, casi coreográfico, pero funcional: reduce la fricción, evita gestos irreversibles y permite ganar tiempo.
“Existe la expectativa de que, tras el trabajo preliminar de los equipos de avanzada, posiblemente se firme un acuerdo”, señalaban este sábado fuentes regionales a Al Jazeera.
Entre la “buena voluntad” y la desconfianza
Las posturas son tan claras como distantes. “Tenemos buena voluntad, pero no confianza”, resumió Qalibaf. Por su parte, Vance —que aterrizó al mediodía— lanzó un aviso: “Si los iraníes negocian de buena fe, estamos dispuestos a extender la mano. Si intentan jugárnosla, descubrirán que este equipo no es tan receptivo”.
Teherán se aferra a su propuesta de 10 puntos, que Donald Trump ha calificado como una “base viable”. Sus exigencias son máximas: indemnizaciones por daños de guerra, levantamiento total de sanciones y liberación de activos congelados. A cambio, ofrecen mantener abierto el Estrecho de Ormuz (bajo peaje) y un compromiso de no desarrollar armas atómicas, aunque exigen mantener su programa nuclear civil.
Washington, sin embargo, busca el desarme casi total: exige que Irán entregue o traslade a un tercer país sus 400 kilos de uranio enriquecido. Además, el Washington Post apunta que EE. UU. ha incluido en la mesa la liberación de seis ciudadanos estadounidenses encarcelados en Irán bajo procesos opacos.
El factor regional y el “toque” de Pakistán
El éxito de la tregua pende de un hilo llamado Líbano. Mientras Benjamin Netanyahu autoriza contactos con Beirut para “formalizar relaciones”, su embajador en EE. UU., Yechiel Leiter, ya ha advertido que no discutirán un alto el fuego con Hizbulá en las reuniones de la próxima semana en Washington.
En la sombra, el maratón diplomático incluye a Rusia, China y Arabia Saudí, que participan de forma indirecta. El papel de Pekín ha sido determinante para sentar a Irán en la mesa. Sin embargo, el gran arquitecto del encuentro es el jefe del ejército paquistaní, el mariscal Asim Munir.
Munir ha hecho gala de un equilibrismo simbólico: recibió a la delegación iraní en uniforme militar y al vicepresidente estadounidense en traje civil. Valiéndose de su cercanía con Trump y con la cúpula militar de Teherán, ha convertido a Islamabad en un oasis de neutralidad blindado por 10.000 efectivos de seguridad.
En este tablero de ajedrez, Pakistán ha dejado de ser un mero anfitrión para convertirse en el mediador más efectivo. Su capacidad para hablar con todos —Washington, Teherán, Pekín y el Golfo— ha transformado su tradicional ambigüedad geopolítica en un activo indispensable para la paz mundial.
Agencias
