NotMid 04/04/2026
Estilo de vida
Si las grandes religiones teístas hubiesen surgido tras descubrir que la Tierra orbita a 20.000 años luz del centro de la Vía Láctea —una galaxia anodina entre millones—, habrían tenido que hacer malabarismos extremos para convencernos de nuestro protagonismo cósmico. De hecho, eso es precisamente lo que intentan los nuevos cultos: devolver a la humanidad a la pista central, ya sea recurriendo a la ciencia ficción clásica (Cienciología) o negando la astrofísica por la vía rápida (Terraplanismo). Pero no seamos condescendientes; quienes consumimos ficción de forma convencional también andamos mendigando consuelo.
Somos adictos a las historias porque nos ofrecen lo que la realidad nos niega: estructura, propósito y significado. El problema es que nos empapamos tanto de narrativa que acabamos proyectando las leyes del guion sobre nuestra experiencia, adoptando un catálogo sorprendente de creencias falsas. Aprovechando el reestreno del nuevo montaje de Kill Bill, analicemos tres ejemplos de este autoengaño:
- La venganza. No es una pulsión tan común como el cine nos sugiere. En la vida real, la respuesta estándar a la traición es mucho más mundana: el rencor eterno. Es posible que, por puro azar, el destino nos ponga en bandeja la justicia, pero eso no es ejecutar una venganza; es ser un rencoroso con suerte. Solo un individuo extraordinario —o alguien profundamente inestable— sacrificaría años, energía y estabilidad económica para cometer una agresión calculada. En un mundo real, tras despertar del coma, “La Novia” se dedicaría a buscar trabajo y vivienda, limitándose, como mucho, a testificar en un juicio que daría para una película muy distinta (y probablemente muy aburrida).
- La simpatía por el lobo solitario. Resulta imposible imaginar una obra donde los “buenos” triunfen simplemente por su aplastante ventaja numérica; un clímax donde un ejército de héroes aniquile a un villano solo y desamparado. La ficción nos ha inoculado el principio moral de que debemos posicionarnos siempre a favor del individuo en desventaja. En abstracto, suena noble. En la práctica, entre película y película, nada nos hace más felices que saber que “los otros” son pocos, débiles y fáciles de someter.
- El viejo maestro. La narrativa establece una correlación directa entre arrugas y sabiduría. Es impensable un gurú de la misma edad que el discípulo, y mucho menos uno más joven; como si el mero paso del tiempo garantizase un entendimiento superior. Sin embargo, la realidad sugiere lo contrario: a partir de los 50, la curiosidad y la flexibilidad suelen escasear. Nos estancamos intelectualmente, sustituimos la reflexión por la emoción y nos volvemos más difíciles de convencer, pero más fáciles de manipular. Seamos honestos: en el mundo real, Pai Mei, Bill, Obi-Wan Kenobi y Gandalf tienen todas las papeletas para resultar absolutamente insufribles.
Agencias

