NotMid 08/03/2026
OPINIÓN NotMid
Los colapsos eléctricos en el Zulia, la sequía crónica en Sucre y el fantasma de la fiebre amarilla en Lara no son solo noticias de sucesos; son un cable a tierra. Nos recuerdan que la Venezuela profunda —aquella que clama por un cambio estructural desde 2024— sobrevive intacta incluso en este nuevo escenario político. Es la nación de la infraestructura arrasada y los salarios pulverizados, que sigue observando, desde su empobrecimiento, a una cúpula decadente en evidente cuenta regresiva.
No cabe duda de que, cuando las urnas vuelvan a abrirse —y el calendario dicta que así será—, el país se volcará para ratificar su voluntad de clausurar los despojos del modelo chavista. Hoy, bajo la gestión de Delcy Rodríguez, el rostro de ese mismo elenco que transformó una nación en tierra devastada, el descontento no se ha disipado; simplemente espera su momento.
El actual ejercicio de simulación de los “hermanos siniestros” y su capitulación ante el otrora “imperio denostado” no es más que una maniobra para comprar tiempo extra. Sin embargo, este pragmatismo de supervivencia no anula el movimiento tectónico de las profundidades sociales. La base de la pirámide se desplaza sin prisa, pero sin pausa, ajena a los pactos de palacio.
Aunque desde la Casa Blanca, Donald Trump afirme que la gestión de Delcy es “eficiente” —lectura simplista que responde únicamente a la obediencia de Caracas hacia los intereses de Washington—, el pragmatismo electoral de EE. UU. no borra la realidad interna. Trump sabe que el pueblo venezolano aguarda su oportunidad en la “bajada” del proceso político, y que las democracias de la región mantienen un desprecio institucional hacia quienes hoy ostentan el poder.
La dinámica de cambio en Venezuela no nació ayer, pero el punto de inflexión del 3 de enero aceleró una marcha que parece irreversible. Estamos encarrilados hacia una transición que no puede entenderse sin María Corina Machado; ella es parte medular de este desarrollo y, como se demostrará en su momento, pieza indispensable de su éxito final.
El trayecto hacia la democracia no es una línea recta ni el camino ideal que soñamos; está lleno de recovecos, contradicciones y zonas grises. Así son las transiciones reales: procesos que exigen navegar entre luces y sombras. La consigna es clara: paciencia estratégica, pero jamás parálisis.
