NotMid 05/04/2026
MUNDO
Tras absorber los golpes iniciales contra la cúpula del régimen, Irán ha respondido con una estrategia militar asimétrica que ha sorprendido a Washington y Tel Aviv. Lejos de limitarse a una defensa reactiva, Teherán ha desplegado un plan diseñado para convertir toda la región en un campo de batalla, buscando un conflicto de desgaste que haga insostenible la superioridad tecnológica de sus adversarios.
De la defensa a la ofensiva: El nuevo paradigma
La doctrina militar de la República Islámica ha dado un giro radical. Como anunció el comandante Ali Abdollahi: “La doctrina ha cambiado de defensiva a ofensiva”. La advertencia es clara: cualquier ataque a la infraestructura iraní será replicado golpeando los nodos de energía, desalinización y telecomunicaciones de los aliados de EE. UU. en el Golfo.
Según el analista Hamidreza Azizi (SWP Berlin), Irán rechaza la lógica de una “guerra corta”. Su objetivo es alterar el cálculo de costo-beneficio del enemigo, demostrando que la continuación del conflicto tendrá un precio prohibitivo. Para compensar su inferioridad aérea, Irán utiliza:
- Saturación de defensas: Oleadas de drones y misiles.
- Guerra económica: El cierre estratégico del Estrecho de Ormuz.
- Regionalización del conflicto: Vinculando cualquier alto el fuego a otros frentes, como el de Hizbulá en el Líbano.
La “Defensa Mosaico” y el legado de Hassan Abbasi
Esta resistencia se apoya en el pensamiento de Hassan Abbasi, teórico de la Guardia Revolucionaria, quien diseñó planes para que el Estado y la sociedad civil absorban los ataques iniciales sin colapsar. Bajo la llamada “estrategia mosaico”, el mando militar está descentralizado: la pérdida de instalaciones clave o altos cargos no detiene la maquinaria de guerra.
“Los bombardeos en nuestra capital no afectan nuestra capacidad de combate”, advirtió el ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, subrayando que dos décadas observando los conflictos en países vecinos les han servido para aprender a gestionar la asimetría.
El Estrecho de Ormuz como moneda de cambio
Teherán juega su carta más fuerte en el ámbito económico. Por el Estrecho de Ormuz transita el 20% del petróleo mundial, y el régimen ya debate en el Parlamento una gestión “selectiva” del paso para beneficiar a aliados y castigar a enemigos. Esta crisis global le permite a Irán sentarse a negociar desde una posición de fuerza, exigiendo garantías de que no habrá nuevas ofensivas en el futuro.
Riesgos internos y un vecindario hostil
Sin embargo, el plan de supervivencia del régimen enfrenta amenazas estructurales:
- Crisis interna: La guerra acelera el deterioro de una economía ya castigada por la inflación y una sequía alarmante.
- Aislamiento regional: Los ataques a infraestructuras en países como Emiratos Árabes Unidos —que antes servían como vías de financiación para esquivar sanciones— generan un rencor que complicará el escenario de posguerra.
- Empoderamiento de la Guardia Revolucionaria: Como señala la investigadora Burcu Özçelik, el conflicto fortalece el control de los “duros” del régimen sobre las redes económicas opacas, consolidando su poder interno a costa del aislamiento internacional.
Conclusión
Irán no busca una victoria militar convencional, sino una victoria por agotamiento. Al descentralizar su mando y globalizar las consecuencias económicas del conflicto, Teherán apuesta a que, con el tiempo, el coste de la guerra sea mayor para Occidente que el beneficio de intentar derrocar o contener al régimen.
Agencias
