NotMid 26/02/2026
OPINIÓN NotMid
Decir que a Donald Trump le pierden las formas sería el eufemismo del siglo. Ni le caracteriza la finezza que el proverbial Andreotti reclamaba para la política, ni domina el arte de la ambigüedad. Al contrario: es tosco, ruidoso y explícito; el espécimen perfecto para esta era del impacto. Es, en esencia, el “hombre fuerte” que Yuval Harari diseccionó en su disruptivo Nexus.
Por eso, no debería sorprender la crudeza con la que habló ante el Capitolio durante el Estado de la Unión (SOTU) más largo de la historia. Especialmente respecto a una región: Latinoamérica. “Estamos restableciendo el dominio y la seguridad de EE. UU. en el hemisferio occidental”, soltó sin parpadear. La palabra “dominio” se coló en el discurso sin atisbos de sonrojo.
Podría parecerlo. La premisa de 1823 era clara: cualquier intervención europea sería una agresión. Algo de ese eco resonó este enero de 2026 cuando, tras la captura de Maduro, el Departamento de Estado sentenció: “Este es nuestro hemisferio”. Bajo el paraguas de la “seguridad interior” se amparan hoy la presión a México por el fentanilo, la cacería de narcolanchas en el Caribe y el cerco a Cuba. Trump lo resumió con precisión meridiana: actuar para defender al país de la injerencia extranjera.
Pero, ¿es solo seguridad o un plan maestro para sacudir la región? La respuesta parece ser la segunda. El proyecto Make America Great Again pasa, inexorablemente, por el control del hemisferio occidental.
Para Trump, Latinoamérica es el ring donde debe noquear a China. El gigante asiático se había convertido en un inversor voraz: desde el Triángulo del Litio hasta el puerto de Chancay en Perú, pasando por los BRICS. La geopolítica de Trump es, ante todo, geoeconomía de choque.
El experimento venezolano es la pieza angular. La caída del chavismo no es solo una liberación política; es la apertura de un hub energético masivo. El giro es casi surrealista: de la Venezuela de Maduro que pintaba a Trump como un demonio, hemos pasado a la “Venezuela de Delcy”, convertida en socio estratégico.
Tras el terremoto en Caracas, las réplicas se extienden por el mapa:
- Colombia: Un Petro que visita la Casa Blanca “enamorado” de los gringos francos.
- Nicaragua: Ortega abandona la retórica incendiaria por un pragmatismo de supervivencia.
- México: Claudia Sheinbaum mutando hacia una lucha frontal contra los cárteles (Tratado Comercial mediante).
La crónica es inapelable: acción militar, captura de Maduro y un mapa en movimiento. Un éxito sin paliativos para Washington. Para muchos, es el regreso del “patio trasero”; para otros, una oportunidad de crecimiento tras décadas de regímenes fallidos. Lejos de ser un dominio vampírico, la estrategia de Trump propone una relación simbiótica. América Latina vuelve al mapa y su horizonte parece brillar. A pesar del antiamericanismo ambiental, habrá que reconocerle a Trump el mérito del resultado.
