NotMid 26/02/2026
ASIA
Para la maquinaria de propaganda de Pyongyang, Kim Jong-un no es solo un líder; es la “mejor persona del mundo”. Bajo este halo de infalibilidad, el diario oficial Rodong Sinmun celebraba la reelección del dictador como líder del Partido de los Trabajadores, tras un IX Congreso coreografiado hasta el último detalle.
En Corea del Norte, el exceso retórico no es un adorno, es ley. “Kim Jong-un ha conseguido logros inimaginables que otros habrían tardado siglos en alcanzar”, rezaba el editorial. En esta liturgia quinquenal, miles de delegados escenificaron una unidad monolítica, consolidando una figura autoritaria que ya suma 15 años al frente del régimen más aislado del planeta.
El cierre del cónclave se selló con un desfile de 14.000 tropas bajo la noche de Pyongyang. Sin embargo, la noticia no estuvo en los misiles —esta vez ausentes— sino en los gestos. La presencia de la adolescente Ju-ae, hija del líder, junto a su padre refuerza la tesis de que la sucesión ya tiene rostro.
Mientras tanto, en los despachos, Kim Yo-jong, la poderosa hermana del presidente, ascendía a jefa del Departamento de Propaganda. En un sistema donde la sangre es el único aval de lealtad, su promoción la ratifica como la gran arquitecta del relato y operadora política del régimen.
Entre las habituales amenazas de “destrucción total” contra Corea del Sur —a quien calificó como su “enemigo más hostil”—, Kim deslizó un mensaje inesperado hacia la Casa Blanca. El dictador sugirió que ambos países podrían “llevarse bien”, pero bajo una condición innegociable: el reconocimiento de Corea del Norte como potencia nuclear.
Este matiz cambia las reglas del juego. Pyongyang ya no busca negociar la desnuclearización; busca que el mundo normalice su estatus atómico. El comentario llega en un momento crítico, con rumores sobre una posible reunión con Donald Trump aprovechando la gira asiática del estadounidense en marzo. Sería el intento de resucitar la “diplomacia personalista” que se evaporó en la cumbre de Hanói, pero con un Norte mucho más armado y tecnológicamente avanzado que hace seis años.
Pese a los discursos sobre la “fuerza militar absoluta”, la realidad de las calles norcoreanas es menos brillante. El país sigue asfixiado por sanciones, una crisis energética crónica y una escasez alimentaria que el mensaje oficial de “autosuficiencia” no logra ocultar. Tras el telón de acero, la supervivencia del régimen depende hoy, más que nunca, de su cordón umbilical con China.
Agencias
