NotMid 22/09/2026
MUNDO
Fuentes del ejército israelí familiarizadas con la toma de decisiones en la ofensiva desatada tras el ataque del 7 de octubre de 2023 desgranan a este diario el proceso interno previo a un bombardeo, con el fin de rebatir las acusaciones sobre una supuesta política de ataques indiscriminados contra civiles gazatíes. Estas denuncias constituyen el núcleo de Naza (acrónimo en hebreo de Daño Colateral), un documental dirigido por los cineastas israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor.
La producción ha provocado una profunda ola de indignación en Israel, materializada en peticiones para revocar la nacionalidad de ambos directores, amenazas en redes sociales y una airada manifestación frente al domicilio familiar de Szor. El ambiente político de precampaña electoral exacerba un debate que, en opinión de Abraham, la sociedad israelí debe afrontar ante la masiva respuesta al atentado de Hamás. “Negar un crimen es lo que contribuye a que perdure. Por eso, es especialmente importante para nosotros que los israelíes vean esta película; es nuestro país el que está cometiendo estos crímenes”, declaró en Venecia, donde el filme fue galardonado con el Premio Especial del Jurado entre ovaciones, un contraste radical con la repulsa suscitada en su propio país, donde todavía no ha sido proyectado.
El filtro legal: distinción y proporcionalidad
Desde el mando militar señalan: “Desde el primer día de la guerra he acompañado el proceso vinculado a los objetivos a atacar, por lo que quiero contestar a los extractos de la película sobre los daños colaterales —es decir, los perjuicios en el entorno que a veces afectan a civiles durante una acción contra terroristas— y sobre la selección de blancos”.
Un oficial enfatiza que su respuesta se fundamenta en dos pilares del Derecho Internacional: la distinción y la proporcionalidad. En cuanto a la primera —que obliga a diferenciar entre combatientes y personas no involucradas—, explica que existe un protocolo riguroso denominado Aflala: “Un análisis debe confirmar con un grado de certeza muy alto que la persona o infraestructura que se pretende atacar pertenece al enemigo y sirve a sus fines bélicos. No se ataca a cualquiera”.
El circuito de validación de un objetivo vinculado a Hamás o la Yihad Islámica comienza con la recopilación de Inteligencia a cargo de departamentos especializados como el Aman o el servicio de seguridad interior (Shabak). “La información es evaluada por un oficial de inteligencia para determinar si el blanco pertenece al enemigo. Tras su visto bueno, un comandante decide si autoriza la acción y fija los criterios operativos”, detallan las fuentes.
Es entonces cuando interviene el principio de proporcionalidad: “La función del comandante es determinar si el ataque sirve al propósito operativo y si el daño colateral previsible se justifica frente al beneficio militar. Se trata de un proceso controlado, dirigido por oficiales y supervisado por asesores legales”, subrayan.
Réplica ante el anonimato y los errores
En respuesta a los 24 soldados que participan en la cinta de forma anónima para denunciar ejecuciones sistemáticas de civiles, las fuentes replican: “Los testimonios procedentes del ámbito de la inteligencia participan únicamente en la fase inicial de recopilación. Desconocen la cadena completa de decisiones y no son quienes acuden al comandante operativo para aprobar el ataque; es este último quien posee la visión global y evalúa el volumen de personas que pueden encontrarse en las inmediaciones del objetivo”.
Respaldado por recursos tecnológicos, el procedimiento abarca desde la evaluación inicial de Inteligencia hasta el control operativo —donde los asesores legales velan por el cumplimiento del Derecho Internacional—, concluyendo con el análisis posterior de los resultados.
Al ser consultados sobre si el deseo de venganza tras el 12 de octubre de 2023 —con 1.200 muertos y 251 secuestrados en el ataque más letal de la historia del país— redujo los umbrales de precaución, el ejército matiza: “A menudo se ataca para proteger a las tropas terrestres cuando ingresan a zonas donde previamente se había instado a la población a evacuar. En tales circunstancias, los daños civiles pueden incrementarse debido a la prioridad de salvaguardar a nuestros soldados frente a los terroristas, pero jamás se ha buscado dañar a civiles de forma deliberada”.
Aunque el alto mando admite errores e infracciones puntuales a lo largo de la campaña en la Franja, insisten en que “nunca formaron parte de una política oficial”. Por su parte, diversos analistas critican que el documental omite fechas y ubicaciones precisas, argumentando que “un país que destina tantos recursos a minimizar los daños colaterales y a advertir a la población antes de cada acción no puede ser acusado de genocidio”.
Estadísticas y el clima de hostilidad
El general de brigada en la reserva Guy Hazut sostiene que “las cifras desmienten” las acusaciones, contraponiendo el balance de fallecidos aportado por las autoridades gazatíes (74.000) con el estimado por el ejército (25.000 combatientes de Hamás, la Yihad Islámica y otras milicias). “Tomando como válidos sus propios datos, por cada terrorista muerto habrían perecido dos civiles. Las estimaciones para campañas de ejércitos occidentales en entornos urbanos arrojan una proporción de uno a nueve, un ratio infinitamente superior, incluso descontando las cifras del Tsahal”.
Respecto al testimonio de un soldado sobre la supuesta autorización de un bombardeo a sabiendas de que causaría hasta 500 muertes, las fuentes militares lo niegan rotundamente, al igual que el uso de sistemas autónomos de Inteligencia Artificial para seleccionar blancos: “No existen instrumentos tecnológicos que decidan por sí solos qué debe ser atacado”. Hazut zanja la cuestión afirmando que “la película se fundamenta en mentiras y omite la naturaleza del combate de Hamás, que opera desde zonas densamente pobladas y rodeado de civiles”, aunque censura las reacciones más exaltadas en el interior de Israel: “Solo contribuyen a proyectar a nuestra sociedad como una incapaz de tolerar la autocrítica”.
La tensión ambiental impide un análisis sosegado sobre el uso de la fuerza y la ética militar tras el 7-0, agravada por el hecho de que sus artífices son los dos ciudadanos más señalados del país, criticados asimismo por titular su obra —producida por The Guardian— con un término en hebreo (Naza) susceptible de evocar asociaciones con el nazismo en lugar de utilizar la traducción literal (Daño Colateral). Todo ello enmarcado en un contexto donde el trauma del atentado sigue vigente y los ánimos permanecen exaltados de cara a los comicios previstos para el próximo 27 de octubre.
Agencias

