NotMid 28/08/2026
ASIA
A media tarde, en una gran estación de carga rápida a las afueras de Shanghái, una docena de conductores esperan en silencio mientras sus coches eléctricos recuperan autonomía. En las gasolineras cercanas, en cambio, el movimiento es escaso. A más de 6.000 kilómetros, el Estrecho de Ormuz lleva meses convertido en el epicentro de una guerra que ha sacudido los mercados energéticos globales. Sobre el papel, China partía con todas las papeletas para ser una de las grandes víctimas: es el mayor importador mundial de crudo y buena parte de los barriles que alimentan su gigantesca maquinaria industrial proceden de Oriente Próximo. Sin embargo, la superpotencia asiática ha terminado transformando una de sus mayores vulnerabilidades en una inesperada ventaja.
Un informe reciente de la consultora geopolítica The Asia Group sostiene que China ha sido la “clara ganadora” de la crisis provocada por el conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán y el posterior bloqueo de Ormuz.
Cerca del 80% del petróleo y casi el 90% del gas natural licuado que atravesaban el estrecho tenían como destino Asia. Japón, Corea del Sur y otras economías de la región se vieron expuestas de inmediato a un brutal shock de suministro. China también, pero con una diferencia sustancial: llevaba dos décadas preparándose precisamente para este escenario.
El resultado de esa preparación se mide en depósitos, minas, paneles solares, reactores nucleares y millones de coches eléctricos. China llegó a la guerra con reservas suficientes para cubrir entre 90 y 110 días de importaciones de crudo. Solo en 2025 elevó sus compras de 11,1 a 11,6 millones de barriles diarios, destinando más del 80% de ese incremento al almacenamiento. En paralelo, instaló 315 gigavatios de nueva capacidad solar, más de la mitad de toda la añadida a nivel mundial. “China capeó el impacto inicial mejor que cualquier otro país de la región”, concluye el informe de Asia Group.
El gran escudo energético chino sigue siendo su combustible más contaminante: más de la mitad de su consumo procede todavía del carbón, extraído masivamente dentro de sus fronteras. No obstante, sobre esa sólida base fósil, Pekín ha levantado a toda velocidad una nueva economía electrificada. La eólica, la solar, la hidroeléctrica y la nuclear ganan terreno, mientras la expansión del vehículo eléctrico reduce progresivamente su dependencia del petróleo.
Desde principios de siglo, los estrategas chinos advierten del “dilema de Malaca”: la vulnerabilidad de depender de hidrocarburos que deben transitar por estrechos y rutas marítimas dominadas por la Marina estadounidense. La invasión rusa de Ucrania y las sanciones occidentales contra Moscú consolidaron la obsesión de Pekín de que, ante una crisis internacional grave, Washington podría intentar estrangular sus suministros. La respuesta del Gobierno de Xi Jinping fue clara: acumular reservas, elevar la producción doméstica, electrificar el transporte y multiplicar las vías de entrada de energía desde Rusia y Asia Central.
La guerra de Irán ha funcionado como su primera gran prueba de fuego. Cuando desaparecieron millones de barriles del Golfo, China actuó a contracorriente de las previsiones de los operadores: redujo sus importaciones marítimas, tiró de inventarios, moderó la actividad de sus refinerías y restringió las exportaciones de gasolina, diésel y queroseno para priorizar el mercado interno. A esto se suma que nunca dejó de comprar el crudo ruso sujeto a sanciones.
El salvavidas chino de Irán
Antes de la guerra, China absorbía hasta el 90% de las exportaciones iraníes de petróleo. Aunque los volúmenes se han contraído desde el inicio del conflicto, el comercio sigue activo: el año pasado, los envíos de Teherán a China rondaron los 1,4 millones de barriles diarios, según la firma de seguimiento marítimo Kpler.
No obstante, ese crudo apenas deja rastro en las estadísticas oficiales. Desde que Estados Unidos reimpuso las sanciones en 2019, las grandes petroleras estatales chinas se han mantenido al margen. Son las refinerías privadas, seducidas por los fuertes descuentos, las que absorben la mayor parte de los cargamentos.
Para sortear las restricciones, el petróleo iraní llega desde hace tiempo camuflado como procedente de Malasia o Indonesia. Las operaciones se liquidan en yuanes a través de una opaca red de intermediarios, navieras y comerciantes muy difícil de rastrear: un circuito casi estanco que permite a Teherán colocar su crudo en el mayor mercado de Asia.
Es precisamente ahí donde Washington pretende golpear ahora. Donald Trump ha desplazado parte de su presión del plano militar al financiero. Su secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció una ofensiva destinada a cortar “cada salvavidas económico” que mantenga a flote al régimen iraní. La advertencia apunta directamente a China: cualquier entidad que facilite transformar el petróleo iraní en dinero se arriesga a sanciones estadounidenses y a la expulsión del sistema del dólar. Según Bessent, Trump está llamando personalmente a dirigentes extranjeros para exigirles que reduzcan sus relaciones con Teherán. Está por ver si Washington, más allá de sancionar a pequeñas navieras o refinerías independientes, se atreve a penalizar a los grandes bancos del gigante asiático.
Más allá del crudo, la guerra ha reportado a Pekín otro dividendo inesperado. Cada nación que intenta reducir su exposición a los hidrocarburos del Golfo termina recalando en un mercado industrial dominado por China. Las exportaciones chinas de vehículos eléctricos crecieron más de un 110% interanual en mayo, y los envíos de paneles solares aumentaron un 60% el mes anterior. A mayor preocupación por la seguridad energética, mayor demanda de baterías, coches, paneles y componentes que las fábricas chinas producen a una escala inigualable.
Agencias

