NotMid 28/09/2026
ESPAÑA
La situación parece irreal de puro imponente. Es 17 de mayo de 2023. En la Cámara Oficial del Palacio Real, con las paredes cubiertas de brocados de granate y oro, bajo los frescos de Maella, Felipe VI recoge las credenciales de la embajadora. Coromoto Godoy está elegantísima, vestida de azul prusia hasta los pies con un tocado bajo de orquídeas moradas —gesto simbólico hacia su país—, en una ceremonia tan solemne como ajena a cualquier atisbo revolucionario, varios siglos más antigua que la existencia de la propia República Bolivariana de Venezuela. El joven José Rafael Escorihuela Pereira, enfundado en su frac de chaleco blanco y ministro consejero de la legación diplomática, observa la escena ufano y satisfecho. Minutos después, imita el recorrido de la embajadora, responde a la mano extendida del Rey y, cuando regresa a su puesto, se relame y se cuadra. Después, todos se fotografiarán orgullosos entre los oropeles del antiguo imperio.
Hace ya tiempo que José Escorihuela es la mano derecha de la embajadora; con ella ha recorrido medio mundo. Ha ido escalando con mayor o menor discreción gracias a una mujer que ha sabido moverse en los intrincados pasillos del Palacio de Miraflores: primero con el añorado Chávez, luego con Nicolás Maduro, y más tarde con su compañera Delcy Rodríguez. Tres años después, sin embargo, el mismo Escorihuela Pereira se encuentra preso en un centro penitenciario de Madrid tras ser detenido a principios de septiembre en el aeropuerto Adolfo Suárez-Barajas. ¿El motivo? Intentar introducir en España 50 kilos de cocaína valiéndose del pasaporte diplomático que todavía conservaba, acompañado por Kelvin Jesús Matos Pérez, primer secretario de la embajada hasta esas mismas fechas. A Kelvin, los medios de comunicación venezolanos en el exilio le atribuyen ciertos lazos familiares con Nicolasito, el hijo del expresidente Maduro, hoy confinado en una prisión norteamericana acusado, entre otros cargos, de narcotráfico. Lejos de este estropicio, Coromoto Godoy ocupa desde marzo de este año el cargo de representante permanente de Venezuela en la ONU.

Kelvin Matos, a la espera de estrechar la mano de Timoteo Zambrano, actual embajador de Venezuela en España, el pasado 24 de julio, en un acto conmemorativo en Madrid por el natalicio de Simón Bolívar. Imagen – Embajada de Venezuela en España
La detención de Escorihuela y Matos, acaecida el pasado 8 de septiembre, está rodeada por el mayor de los secretos. Efectuada por la Guardia Civil, no consta en los registros policiales comunes y los nombres de los implicados —cuyo arresto provocó que casi todo el personal de la embajada fuese llamado a declarar— no aparecen asociados en los ordenadores a ninguno de los juzgados de Plaza de Castilla. Tal inusual discreción se atribuye oficialmente a que la investigación sigue abierta, pero el extremo secretismo apunta también a la posición de los detenidos, a sus importantes conexiones y a la extrema delicadeza de las relaciones bilaterales. De hecho, los investigadores ya han comenzado a volcar el contenido de sus teléfonos, y cunde la impresión de que, dada la identidad de los protagonistas, este va a ser un caso «de los gordos» en la Fiscalía Antidroga.
Clave dominicana
Tal como informó en exclusiva EL MUNDO el pasado martes, Escorihuela llegó al aeropuerto en un vuelo ordinario procedente de República Dominicana, esgrimiendo su documentación diplomática todavía vigente para evitar que su valija fuera registrada. Kelvin Jesús Matos, según fuentes policiales, lo estaba esperando. La pista no surgió en España: fueron los investigadores dominicanos quienes alertaron a las autoridades españolas, sospechando que no era la primera vez que ambos ciudadanos realizaban la misma operativa. El portal informativo El Pitazo ha señalado que, según sus fuentes, el procedimiento se habría repetido hasta en cinco ocasiones. El mismo día de la detención, la embajada hizo llegar al juzgado la notificación de que ninguno de los dos mantenía ya vínculo alguno con la delegación diplomática.
A la sombra de su protectora, la trayectoria de Escorihuela fue fulgurante. Abogada especializada en análisis y planificación estratégica por la Universidad Interactiva de Málaga y vinculada a Exteriores desde el año 2000, Godoy arrastraba a su protegido de destino en destino: primero a la India —donde ella fue enviada tras encabezar la legación en Trinidad y Tobago— y, a finales de 2022, a Madrid, tras ser designada encargada de negocios. En mayo de 2023 fue promovida a embajadora, cargo que ocupó hasta abril de 2024, mientras Escorihuela permanecía inamovible como ministro consejero.
Al mismo tiempo, se incorporó a la sede madrileña Kelvin Jesús Matos Pérez. Según diversos medios venezolanos, Matos es ex cuñado de Nicolás Maduro Guerra —aquel hijo del expresidente que, tras la detención de su padre por EE.UU., se aferró al cargo avalando a Delcy Rodríguez y apelando a la unidad revolucionaria—. Matos, que también había trabajado con Godoy y Escorihuela en Nueva Delhi, consta en los registros diplomáticos como primer secretario, al menos hasta el pasado 30 de junio. En los vídeos difundidos por la propia embajada se le ve, tan tarde como el 24 de julio, guardando fila para saludar al recién nombrado embajador, Timoteo Zambrano, en los actos del natalicio de Simón Bolívar. Su nombre desapareció del registro el 14 de septiembre. Fuentes de la embajada aseguran que fue relevado de inmediato en cuanto se conoció el delito, lo que situaría su cese el mismo día 8.
Tras su paso por España, Coromoto Godoy fue designada viceministra para Europa y, posteriormente, ministra de Comercio Exterior bajo la vicepresidencia de Delcy Rodríguez. Escorihuela la acompañó como director general. Cuando ella partió hacia la ONU de la mano de una Delcy ya ascendida a la presidencia, el rastro de él comenzó a difuminarse.
O no tanto. A diferencia de un discreto Kelvin, Escorihuela siempre ha sido activo en redes sociales. Su perfil de Instagram —presidido por una frase que parece reclamar justicia poética: «Una injusticia hecha al individuo es una amenaza a toda la sociedad»— acumula casi 48.000 seguidores. En Facebook abundan las fotos familiares y los mensajes dedicados a su madre: «Si hoy tus hijos somos profesionales realizados es porque caminamos sobre los cimientos de valores, disciplina y amor que tú forjaste…», escribía el pasado 10 de mayo. Sus redes son un escaparate de viajes por el mundo jaleados por sus seguidores.
Todo ese mundo se derrumbó el pasado 8 de septiembre, tras tomar un vuelo privado desde Venezuela a República Dominicana para enlazar con un avión comercial rumbo a Barajas. Según los expertos, la isla caribeña se ha consolidado como un punto clave de almacenamiento y tránsito de cocaína hacia Estados Unidos y Europa.
El dinero en juego
En un entorno donde la droga se mueve por toneladas, 50 kilos pueden parecer una cifra menor, pero el uso de pasaportes diplomáticos eleva la gravedad del asunto. «Te diría que es lo normal en un narcoestado donde estas situaciones son moneda corriente, pero lo verdaderamente infrecuente es que les pillen en España», apunta un experto de las Fuerzas de Seguridad con pasado en la república bolivariana.
Otros hacen números. Según el expolicía y profesor universitario Ricardo Magaz, el valor de un kilo de cocaína con un 80% de pureza adquirido en origen ronda los 1.500 euros. Una vez importado a España, asciende a unos 15.000 euros sin adulterar; y fraccionado y distribuido al menudeo en la calle a 50 euros el gramo, puede multiplicarse hasta los 150.000 euros por kilo. Si los detenidos operaban en escalones intermedios, el beneficio potencial superaba holgadamente el medio millón de euros.
Mientras la Guardia Civil y el juzgado avanzan en el secreto de sumario volcando los teléfonos de los exdiplomáticos —para esclarecer quién suministró la sustancia, quiénes eran los compradores y el número exacto de viajes realizados—, la política internacional sigue su curso. Horas después de publicarse la noticia de la detención, se produjo un hecho llamativo: rompiendo todos los protocolos a un mes de la Cumbre Iberoamericana en España, Delcy Rodríguez se acercó a Pedro Sánchez para abordarlo sobre asuntos de Venezuela.
Desde aquel polémico precedente en Barajas con el exministro José Luis Ábalos y el empresario Víctor Aldama, los vínculos del entorno venezolano con la política española —desde la financiación hasta el papel de figuras como Zapatero— continúan generando suspicacias. Y, en esta ocasión, a escasos metros de la presidenta venezolana en la ONU, se encontraba la propia embajadora Godoy. Salvo por las reuniones con Washington, seguro que no fue un buen día.
Agencias

