NotMid 27/06/2026
Opinión NotMid
Cada uno de nosotros debe ayudar en lo que le corresponda. Los rescatistas, médicos y voluntarios están en la primera línea de lo inmediato.
A todos los demás nos toca la tarea a largo plazo: la reconstrucción nacional.
Me refiero, por supuesto, a una reconstrucción material y de infraestructura. Pero también —y fundamentalmente— a la reconstrucción institucional, sin la cual la primera es simplemente imposible.
La historia demuestra que la devastación no tiene por qué ser una condena perpetua. Muchos países han tocado fondo; algunos se levantaron más fuertes que nunca, mientras que otros se quedaron atrapados en las ruinas.
Miremos los ejemplos:
Alemania (1945): Derrotada, destruida y posteriormente partida en dos. Hoy, reunificada, es la mayor economía de Europa y un motor global.
Japón (1945): Devastado y ocupado tras sufrir el horror de dos bombas atómicas. Hoy es una superpotencia tecnológica, industrial y económica.
Corea del Sur (1953): Al terminar la guerra, su realidad era más precaria que la de la mayoría de las naciones africanas. Hoy, la Bolsa de Seúl es referente mundial porque sus empresas —como Samsung y SK Hynix— lideran la vanguardia de la inteligencia artificial.
Ejemplos abundan: La España post-Franco, Polonia y la Europa del Este tras la caída del Muro de Berlín, o el resurgir de Vietnam. Pero la otra cara de la moneda es trágica.
Son los países que se quedaron en el subsuelo:
Haití: Atrapado en un bucle de terremotos, huracanes, golpes de Estado y dictaduras aberrantes; desde “Papa Doc” y “Baby Doc” hasta las pandillas criminales del infame Barbecue.
Cuba: Una isla congelada en el tiempo y la miseria. ¿Qué les puedo decir que no sepan ya?
Zimbabue: Pasó de ser el “granero de África” a sufrir una hiperinflación de proporciones mitológicas durante los 37 años de desgobierno de Robert Mugabe —aliado histórico del chavismo—. ¿La receta del desastre? Expropiaciones, destrucción del derecho de propiedad y desmantelamiento institucional.
El contraste más crudo es, quizás, el de la península coreana.
Un mismo pueblo, con diez siglos de historia compartida, dividido tras la Segunda Guerra Mundial: el norte para la URSS y el sur para EE. UU.
Hoy, el norte sufre hambrunas bajo el totalitarismo dinástico de Kim Jong Un, mientras el sur lidera la innovación global.
No hace falta perder un segundo explicando por qué unos triunfaron y otros fracasaron: la diferencia radical está en sus instituciones.
Y esto nos lleva al ejemplo más doloroso de los últimos veinticinco años: Venezuela.
La llegada del chavismo al poder inició una demolición sistemática. Perdimos un tercio de nuestra población en el éxodo y la mitad de nuestro Producto Interno Bruto (PIB).
Sufrimos una crisis humanitaria sin precedentes, violaciones sistemáticas a los derechos humanos, hiperinflación, presos políticos y el secuestro del derecho a elegir democráticamente.
Hoy nos encontramos en un limbo complejo, bajo la tutela de intereses internacionales, debatiéndonos en una encrucijada histórica: ¿Nos convertiremos en la próxima Corea del Sur o en el próximo Haití?
Por favor, no repitamos en los próximos 25 años los errores de los últimos 25. Rechacemos de raíz el modelo de miseria de Chávez, Maduro y Delcy. Construyamos el futuro de democracia y prosperidad que nos merecemos y que somos capaces de crear.
Amigos, grabémonos esto: la reconstrucción del país solo será posible con instituciones democráticas fuertes. No importa cuándo lean esto, la premisa no cambia.
Tenemos el talento, los recursos y la urgencia histórica para lograrlo. Todos sabemos cuál es la tarea.
A secarse las lágrimas. Y manos a la obra

