NotMid 15/05/2026
ASIA
Tras una primera jornada de pompa y gestos medidos, Xi Jinping y Donald Trump afrontaron el viernes el tramo decisivo de su cumbre en Pekín. Era el momento de comprobar si, tras los apretones de manos y la grandilocuencia, existía margen real para acuerdos entre dos superpotencias atrapadas en la relación más importante —y peligrosa— del planeta.
El santuario del poder
Los líderes compartieron una ceremonia del té en Zhongnanhai, el recinto amurallado donde late el corazón político de China. Oculto tras muros grises al oeste de la Ciudad Prohibida, este complejo —mezcla de Casa Blanca y Kremlin— fue jardín imperial durante las dinastías Ming y Qing. En 1949, Mao lo transformó en el santuario inaccesible del poder revolucionario. Entre sauces y pabellones tradicionales blindados por una seguridad impenetrable, los mandatarios escenificaron una sintonía que Trump no tardó en pregonar: “Hemos resuelto problemas que otros no habrían podido solucionar; hemos cerrado acuerdos fantásticos”.
Pekín fue más cauto, informando de “nuevos consensos” en cuestiones globales sin entrar en detalles. Sin embargo, Trump aprovechó el escenario para lanzar mensajes estratégicos sobre Oriente Próximo: “Hablamos sobre Irán. No queremos que tengan armas nucleares y queremos que el estrecho [de Ormuz] permanezca abierto”.
La diplomacia de Truth Social
La calma de los jardines contrastó con la actividad matutina de Trump en redes sociales. Al amanecer, el estadounidense reveló en Truth Social detalles de sus conversaciones privadas, asegurando que Xi describió a EE. UU. como una “nación en declive”. Trump, en un giro de política doméstica, atribuyó el comentario al “daño causado por Joe Biden” y contrapuso esa imagen con el “renacimiento” bajo su mando. Según el republicano, Xi llegó incluso a felicitarle por sus recientes éxitos bursátiles y militares.
Más tarde, en entrevistas con Fox News, Trump elevó la apuesta: aseguró que Xi prometió no enviar equipo militar a Irán y se ofreció a mediar para estabilizar el flujo petrolero en Ormuz.
El G-2 y el peso del dinero
“Es una cumbre histórica; yo la llamo el G-2”, afirmó Trump. Bajo la superficie de cordialidad, persisten los focos de tensión: Taiwán, la guerra tecnológica y los aranceles. Sin embargo, ambos llegaron con incentivos para vender una tregua. Mientras Xi hablaba de una “relación constructiva”, las delegaciones cerraban la compra de 200 aviones Boeing y pactaban mecanismos de cooperación en inteligencia artificial.
La cumbre destacó por una presencia inédita: una delegación de gigantes de Wall Street y Silicon Valley. Desde Elon Musk (Tesla) hasta Tim Cook (Apple), el capitalismo estadounidense desfiló por Pekín para proteger sus intereses. En un gesto inusual, Trump invitó a estos empresarios a la sala de juntas para “rendir homenaje a Xi y a China”, una frase que resume la realidad bilateral: a pesar de la retórica agresiva, el tejido empresarial de ambas potencias sigue profundamente entrelazado.
El eco de la historia
El paseo por Zhongnanhai no fue casual. El complejo entró en la historia diplomática en 1972, cuando Mao recibió allí a Richard Nixon para sellar el deshielo de la Guerra Fría. Desde entonces, el recinto se reserva para hitos de gran carga simbólica. Tras recibir allí a Putin en 2024 para desafiar a Occidente, Xi recupera ahora el escenario para intentar estabilizar el vínculo con su mayor rival, cerrando el círculo con una ceremonia que mezcló el protocolo comunista con la nostalgia imperial.
Agencias

