NotMid 15/05/2026
USA en español
Antes de su primer pie en la Casa Blanca, Donald Trump miraba a China con esa mezcla de fascinación y resentimiento propia de quien se obsesiona con un mercado que nunca pudo conquistar. El magnate neoyorquino dedicó años a prometer rascacielos y hoteles de lujo en el país asiático, solo para descubrir que, en el capitalismo del Partido Comunista (PCCh), las reglas no las dicta el apellido, sino la maquinaria política.
El historial de un desencuentro
Sus tropiezos fueron sonoros. El acuerdo con la promotora Evergrande para un complejo de oficinas en Guangzhou jamás despegó, y sus planes de viviendas de lujo en Pekín terminaron en la papelera al chocar con la burocracia estatal. Incluso la apertura de oficinas en Shanghái en 2012 acabó en disolución. Trump nunca logró penetrar la élite del PCCh como empresario, una frustración que años después alimentaría su retórica de confrontación.
Sin embargo, el vínculo persistió de formas incómodas. Durante su primera presidencia, se reveló que su conglomerado mantenía cuentas en el banco estatal ICBC y que había pagado impuestos en China mientras arreciaba su guerra comercial. Aquella dualidad —el ataque público frente al interés privado— sigue marcando su relación con el gigante asiático.
La escolta de un billón de dólares
Esta semana, Trump ha regresado a Pekín con una estrategia distinta: se ha rodeado de la delegación empresarial más poderosa de la historia. Son 17 titanes de Wall Street y Silicon Valley que, a diferencia de él, sí han logrado descifrar el código chino. Con un patrimonio combinado que supera el billón de dólares, estos líderes no solo acompañan al presidente; actúan como el verdadero tejido conectivo entre ambas potencias.
- Elon Musk (Tesla): Es el invitado de honor. Su megafactoría en Shanghái es la joya de su imperio, logrando en 2019 algo impensable: el control total de la planta sin socios locales. A cambio de tecnología y eficiencia, Pekín le otorgó las llaves de su mercado eléctrico. Hoy, Musk viaja para proteger esa cuota frente al avance de BYD.
- Tim Cook (Apple): El arquitecto de una cadena de suministro de decenas de miles de millones. Mientras Washington denuncia espionaje, Cook cultiva una diplomacia silenciosa basada en la dependencia mutua: el iPhone necesita a China tanto como China necesita los empleos de Apple.
- Jensen Huang (Nvidia): El hombre clave de la IA. Su presencia ya ha dado frutos: tras la cumbre, Washington autorizó a empresas chinas la compra del chip H200, una concesión vital para el líder mundial de semiconductores.
- El frente financiero: Larry Fink (BlackRock), Stephen Schwarzman (Blackstone) y David Solomon (Goldman Sachs) representan el ala que Pekín escucha con más atención. Para ellos, la “reducción de riesgos” es solo un término político; su objetivo real es un acceso total al mercado de capitales chino.
Una victoria con sabor a Boeing
Trump sabe que ninguna imagen vende mejor un triunfo que la firma de contratos industriales. Por ello, viaja con Kelly Ortberg (Boeing), aspirando a regresar con pedidos masivos de aeronaves que calmen el déficit comercial. En la comitiva también destacan figuras como Dina Powell (Meta), buscando grietas en la censura digital, y los CEOs de Visa y Mastercard, que pelean por un hueco en un ecosistema dominado por Alipay.
Conclusión
Para los medios estatales chinos, esta procesión de multimillonarios es la prueba definitiva: por muy feroz que sea la retórica política, el capitalismo estadounidense sigue profundamente entrelazado con China. Trump ha vuelto a Pekín no solo como presidente, sino como el guía de un club de élite que ha convertido el pragmatismo en su verdadera ideología.
Agencias

