NotMid 19/05/2026
ASIA
Mientras que en una librería del distrito de Hongkou, a tiro de piedra del consulado ruso en Shanghái, la televisión estatal china (CCTV) proyecta un documental sobre la historia moderna de las relaciones entre ambos gigantes. La cinta arranca en 1949, ensalzando los tiempos en que Moscú envió 10.000 asesores para apuntalar el régimen de Mao Zedong, pero pasa de puntillas por la posterior ruptura ideológica y los choques fronterizos de 1969 que empujaron a China hacia el histórico deshielo con el EE. UU. de Richard Nixon.
Hoy, la balanza de poder ha cambiado drásticamente de lado. Tras la disolución de la URSS, la relación renació por puro pragmatismo: una China en modernización necesitaba armas; una Rusia en crisis, clientes. Pero cuando Vladímir Putin recibió por primera vez a Xi Jinping como presidente en 2013, el Kremlin ya dependía de Pekín. Rusia conservaba recursos y arsenal, pero China tenía lo decisivo: dinero, mercado, industria y tecnología.
Putin entendió pronto que, si quería romper el tablero europeo, necesitaría el paraguas económico de Xi. El tiempo ha confirmado esa subordinación: tras la invasión a gran escala de Ucrania en 2022 —retrasada convenientemente hasta el cierre de los Juegos Olímpicos de Pekín a petición de Xi—, Rusia se ha vuelto irreversiblemente dependiente de su vecino asiático.
Pekín como centro de gravedad de la diplomacia mundial
Ese es el telón de fondo del nuevo aterrizaje de Putin en Pekín, apenas cuatro días después de que Donald Trump concluyera su propio viaje a China. Mientras que con Trump el mandatario chino buscó una tregua táctica en su guerra comercial y tecnológica, con Putin escenifica la continuidad de una alianza “sin límites” para desafiar el orden mundial liderado por Washington.
Como destacaba el tabloide estatal Global Times, recibir a los líderes de EE. UU. y Rusia de forma consecutiva posiciona a Pekín como el nuevo “punto central de la diplomacia mundial”. En este equilibrismo encaja una revelación del Financial Times: Xi le habría confesado a Trump que Putin podría llegar a “arrepentirse” de la invasión de Ucrania, una frase inusualmente explícita para una diplomacia china que siempre evita señalar a Rusia y prefiere hablar con calculada ambigüedad de “crisis ucraniana”.
Vodka, blinis y gas: una alianza tan personal como asimétrica
Xi y Putin se han reunido en más de 40 ocasiones, y esta es la vigésimo quinta vez que el líder ruso viaja a China. Pocos jefes de Estado han cultivado una escenografía tan personal. Xi, hermético y poco dado a las emociones, define a Putin como su “mejor amigo”. Ante las cámaras, su sintonía se ha sellado con brindis de vodka, celebraciones de cumpleaños y demostraciones culinarias, cocinando juntos desde blinis con caviar en Rusia hasta jianbing guozi en China.
El dato: Putin viaja blindado por una delegación de peso: viceprimeros ministros, ministros y magnates energéticos. Sobre la mesa está el Power of Siberia 2, el gigantesco gasoducto con el que Moscú busca desviar hacia China el gas que Europa ya no le compra.
“A medida que el mundo transita hacia la multipolaridad, las relaciones sino-rusas sirven como un estabilizador clave”, afirma Li Yongquan, director de un think tank dependiente del Gobierno chino. Sin embargo, detrás de la retórica de estabilidad y la alfombra roja, la realidad de la cumbre es incontestable: Pekín consolida su posición como el árbitro capaz de hablar de tú a tú con Washington sin soltar la mano de un Kremlin cada vez más subordinado a sus intereses.
Agencias

