NotMid 16/05/2026
ASIA
Donald Trump abandonó Pekín el viernes tras concluir una cumbre de dos días con su homólogo chino, Xi Jinping. La próxima semana, será el ruso Vladímir Putin quien aterrice en la capital. La secuencia no es casual, ni tampoco el contraste: en plena aceleración de la fragmentación global, China busca exhibirse como la única superpotencia capaz de sentar en su mesa, de forma casi consecutiva, a los líderes de Estados Unidos y de Rusia.
El Kremlin ya ha anunciado que Putin visitará el país el 19 y 20 de mayo para “fortalecer aún más la relación global y la cooperación estratégica” entre Moscú y Pekín.
Si la pomposa bienvenida al republicano fue una demostración pública de que Pekín busca estabilizar una relación bilateral esencial para su economía, la llegada del mandatario ruso servirá para recordar que, pese al acercamiento táctico a Washington, la alianza con Moscú sigue siendo un pilar central de su política exterior.
Xi y Putin han forjado en los últimos años una estrecha sintonía personal y política. Apenas unas semanas antes de la invasión rusa de Ucrania, ambos dirigentes proclamaron en Pekín una “asociación sin límites”. Aquel documento, firmado durante los Juegos Olímpicos de Invierno de 2022, no sellaba una alianza militar formal, pero sí una cooperación sin “áreas prohibidas” cimentada sobre un objetivo compartido: desafiar la hegemonía estadounidense y promover un orden internacional alternativo.
La guerra en Ucrania puso de inmediato a prueba ese pacto. Aunque China nunca ha respaldado explícitamente la invasión —en el lenguaje oficial sigue siendo la “crisis de Ucrania”—, tampoco ha condenado a Moscú. Al contrario: Pekín se ha convertido en el gran salvavidas económico del Kremlin. Mientras Occidente asfixiaba a Rusia con sanciones masivas, China disparó el comercio bilateral, incrementó las compras de petróleo y gas, y ofreció una vía de escape financiera y tecnológica para amortiguar el aislamiento ruso.
De hecho, Estados Unidos y Europa acusan al Gobierno chino de suministrar al régimen de Putin tecnología de doble uso —civil y militar— para alimentar la maquinaria de guerra del Kremlin, una acusación que Pekín niega tajantemente.
Con todo, el apoyo chino está cuidadosamente calibrado. Xi ha evitado que la relación con Putin arrastre a China a una confrontación abierta con Washington o Bruselas. Pekín necesita a Rusia como socio geoestratégico, pero sus intereses económicos dependen mucho más de los mercados occidentales que de la economía rusa.
La sucesión de visitas de Trump y Putin resume a la perfección esta estrategia pendular: China quiere demostrar que puede dialogar simultáneamente con ambos bandos sin renunciar a sus intereses. Ante Washington, Xi se proyecta como un líder pragmático que busca estabilidad; ante Moscú, reafirma que la alianza estratégica permanece intacta a pesar de las presiones de Occidente.
Agencias

