NotMid 07/05/2026
ASIA
El petrolero apareció en el horizonte del Mar de Filipinas como un espejismo necesario. El Sara Sky, con bandera de Sierra Leona, fue el primero en atracar en Manila cargado con más de 700.000 barriles de crudo ruso. Sucedió a finales de marzo, marcando la primera vez en cinco años que el petróleo de Moscú llegaba a la capital filipina. El buque no solo traía combustible; simbolizaba el giro pragmático de una región acorralada por una crisis energética desatada por una guerra lejana.
Apenas unos días antes, el presidente Ferdinand Marcos había declarado la emergencia energética nacional, convirtiendo a Filipinas en el primer país del mundo en tomar una medida de tal calibre. Sus reservas, dependientes casi por completo de las importaciones de Oriente Próximo, apenas garantizaban suministro para 45 días. En ese escenario, el origen del crudo dejó de ser una cuestión ética para convertirse en un asunto de supervivencia.
El Sudeste Asiático bajo el shock de Ormuz
Desde Manila hasta Hanói, la región se ha lanzado a los brazos del Kremlin. El bloqueo del estrecho de Ormuz —arteria por la que transita más del 80% del crudo destinado a Asia— ha dejado al descubierto la vulnerabilidad del bloque. La respuesta ha sido recurrir a Rusia, el proveedor que Occidente intentó aislar tras la invasión de Ucrania.
Las cifras de la nueva alianza son contundentes:
- Indonesia: Negocia la importación de hasta 150 millones de barriles.
- Vietnam y Birmania: Han firmado contratos para recibir energía nuclear rusa.
- Tailandia: Explora acuerdos estratégicos en fertilizantes.
- Malasia: Tradicional exportador de hidrocarburos, ahora asegura suministro de Vladímir Putin para proteger su mercado interno.
El paraguas de Washington y la alarma de Bruselas
Este acercamiento es posible gracias a las exenciones temporales impulsadas por Estados Unidos. Estas permiten que aliados occidentales, como Filipinas, operen dentro de un marco legal sin tener que recurrir a la “flota fantasma” que burla las sanciones.
Sin embargo, el movimiento ha encendido las alarmas en Bruselas. La jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, instó recientemente a la región a “mirar más allá de la urgencia inmediata”, advirtiendo que el dinero asiático financia directamente la maquinaria bélica rusa.
“En Europa hablan de principios; nosotros, de comer”
Ese mensaje, sin embargo, se estrella contra la realidad en las calles de Cebú, la provincia filipina que acoge esta semana la cumbre de la ASEAN. Mientras los líderes de los 11 estados miembros discuten sobre seguridad energética, los ciudadanos son claros.
“Desde las naciones ricas hablan de principios, pero nosotros hablamos de comer. Sin combustible, no hay trabajo”, sentencia Ernesto Villanueva, transportista local. A pocos metros, en una gasolinera donde el diésel ha bajado al fin de los 100 pesos, el taxista Marites López coincide: “Desde sus comodidades en Europa no pueden exigirnos que pensemos en Ucrania. Si el petróleo ruso es lo único que llega y es más barato, que vengan ellos a explicárselo a mis hijos”.
Un continente al límite
La crisis no es solo una cifra macroeconómica; es un cambio de vida. En Filipinas, los conductores de transporte público han visto caer sus ingresos un 80% y el Gobierno ha impuesto semanas laborales de cuatro días para ahorrar energía.
La onda expansiva llega a todo el continente:
- Pakistán e India: Cortes eléctricos prolongados y agricultores incapaces de costear fertilizantes bajo temperaturas que superan los 40 grados.
- Aviación: En Singapur, el combustible de aviación en máximos históricos ha obligado a recortar el 15% de los vuelos. Viajar vuelve a ser un lujo: Cathay Pacific ya aplica recargos de 200 dólares en rutas largas.
La aceleración forzosa
Paradójicamente, la crisis está logrando lo que años de diplomacia climática no pudieron: una transición acelerada. Las ventas de vehículos eléctricos y la instalación de paneles solares chinos en Filipinas se han multiplicado por diez.
Pero la tecnología verde no apaga fuegos inmediatos. El Sudeste Asiático necesita energía hoy. En ese tablero, el Kremlin juega con ventaja: ha convertido el aislamiento en oportunidad, reforzando su influencia en una región donde, a diferencia de Occidente, su imagen pública sigue siendo sorprendentemente positiva. En países como Indonesia o Vietnam, Putin mantiene hoy niveles de aprobación superiores a los de la Casa Blanca.
Agencias

