NotMid 30/04/2026
ASIA
La niña sonríe a su madre mientras agita una pequeña bandera roja con la estrella amarilla: símbolo de la unidad nacional y del ideal comunista que guía a Vietnam. La luz cálida del atardecer embellece la estampa en el corazón de Ho Chi Minh. La familia, originaria del interior rural, disfruta del fin de semana en la capital financiera. “Hacía ocho años que no venía. La ciudad parece otra: rascacielos, tiendas de lujo…”, comenta la madre mientras fotografía a su hija junto a la estatua del “Tío Ho”, el héroe que da nombre a la urbe. La escena transcurre frente al edificio del Comité del Partido, cuya arquitectura colonial restaurada parece ignorar las cicatrices del siglo pasado.
Sin embargo, a menos de un kilómetro de la solemnidad de la estatua, la imagen familiar se desdibuja en un caos de tecnicolor. En la calle Bui Vien, el neón parpadea al ritmo de música ensordecedora. Turistas ebrios se cruzan con niños locales que lanzan llamas por la boca a cambio de unos pocos billetes. Es una guerra de decibelios donde el reguetón compite con el techno de Berlín, en una arteria de 800 metros saturada de clubes de gogós, comida callejera y masajes clandestinos. Es la cara más desinhibida de un país que, de noche, parece haber olvidado el manual del buen camarada.

Turistas locales frente al Palacio de la Independencia.Lc
En las afueras, el paisaje vuelve a cambiar. Extensas zonas industriales despliegan el músculo exportador de una economía que crece al 8% anual. Camiones cargados de contenedores conectan las fábricas de gigantes tecnológicos y textiles con los puertos, consolidando a Vietnam como uno de los motores más dinámicos del mundo. Pero este éxito económico no viaja solo: el país atraviesa hoy una metamorfosis política hacia un control más férreo.
Coincidiendo con el aniversario de la caída de Saigón —el 30 de abril de 1975—, EL MUNDO viaja al epicentro de esta transformación. En el Palacio de la Independencia, hoy convertido en museo, se recuerda el día en que el tanque 843 rompió las verjas y puso fin a la guerra. Medio siglo después, aunque el nombre oficial sea Ho Chi Minh, la mayoría sigue llamándola Saigón. Es una urbe bañada por el capitalismo donde, como dice el vecino Tran Thi Lan, “puedes ver propaganda comunista frente a escaparates de Louis Vuitton”.

Zona comercial de Ho Chi Minh.Lc
Esta apertura económica contrasta con el reciente ascenso de To Lam, de 68 años. Al consolidarse como secretario general del Partido y presidente del Estado, Lam ha quebrado el histórico modelo de “liderazgo colegiado” que buscaba evitar la concentración de poder. Su perfil —exjefe de inteligencia y policía— encarna la simbiosis de pragmatismo económico y disciplina implacable. Su reciente viaje a Pekín confirma la tendencia: Vietnam se acerca al esquema de Xi Jinping.
La “limpieza” administrativa y la campaña anticorrupción de Lam han agilizado la burocracia, pero también han servido para depurar rivales. Mientras tanto, la disidencia se asfixia. Organizaciones internacionales denuncian el uso del artículo 331 del código penal para encarcelar a activistas por simples publicaciones en redes sociales. Entre 2018 y 2025, las condenas por “infringir los intereses del Estado” se han cuadruplicado.

Escenas del día y la noche en la capital financiera de Vietnam.Lc
“Nuestra Constitución reconoce la libertad de expresión, pero todos los medios están supervisados”, explica el abogado Do Duy. Es la paradoja del Vietnam moderno: un país que seduce a la inversión extranjera y a los turistas de fiesta nocturna, mientras el Estado refuerza los cerrojos de la censura. El “Dragón” avanza hacia el futuro, pero lo hace con un ojo puesto en el mercado global y el otro en el manual de control social de su vecino del norte.
Agencias

