NotMid 07/08/2026
USA en español
A bordo del Air Force One, Donald Trump quiso vender la última operación financiera de su Administración con una de esas frases que mezclan diplomacia y provocación. “La intervención fue una muestra de amistad”, dijo sobre el rescate del yen japonés. Y, casi sin transición, remató con uno de sus chistes recurrentes sobre el aliado asiático: “Japón siempre se ha portado muy bien con nosotros, con la excepción, claro está, de Pearl Harbor”.
En Tokio ya conocen esa broma, y no les hace ninguna gracia. La referencia al ataque de 1941 vuelve cada cierto tiempo al repertorio del presidente estadounidense y ya provocó momentos de incomodidad durante la visita que la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, realizó a Washington a principios de este año.
Pero el Gobierno nipón ha aprendido a ignorar los exabruptos de su principal socio estratégico. Cuando el paraguas de seguridad de Estados Unidos se extiende ahora también sobre la moneda nacional, cualquier comentario ofensivo pasa a un discreto segundo plano.
Un movimiento histórico en el Pacífico
La verdadera noticia fue que, por primera vez en más de una década, Estados Unidos intervino directamente en el mercado de divisas para sostener el yen. Lo hizo de forma coordinada con las autoridades japonesas, después de que la moneda alcanzara su nivel más bajo frente al dólar desde 1986. Washington y Tokio decidieron actuar cuando el tipo de cambio rozó las 163 unidades por dólar, un umbral que disparó las alarmas en ambas orillas del Pacífico.
La operación comenzó el 31 de julio:
- Mientras el Tesoro estadounidense vendía euros para comprar yenes, el Gobierno japonés realizaba adquisiciones masivas de su propia moneda.
- El efecto fue inmediato: en apenas unos días, el tipo de cambio retrocedió hasta el entorno de los 157 yenes por dólar.
- El mensaje enviado a los mercados fue contundente: la Casa Blanca respaldaba al debilitado yen.
La noticia saltó rápidamente de la prensa nipona a los grandes diarios financieros internacionales debido al carácter excepcional de la medida. Las grandes potencias rara vez intervienen para defender la moneda de un tercer país: la última vez que Washington acudió al rescate del yen fue tras el terremoto y el tsunami de 2011, y antes de eso durante la crisis financiera asiática de 1998.
Más allá de una cuestión local
Análisis publicados en Bloomberg y Nikkei coinciden en que la decisión estadounidense refleja que la debilidad de la divisa japonesa dejó de ser un problema exclusivamente local. El yen es la tercera moneda más negociada del planeta, solo por detrás del dólar y el euro, por lo que cada sacudida en su cotización repercute sobre bancos, fondos de inversión, exportadores y bancos centrales de medio mundo.
Japón arrastra desde hace tres décadas un crecimiento anémico, una inflación históricamente baja y tipos de interés cercanos a cero (e incluso negativos) para reactivar la economía. Aunque el Banco de Japón inició el año pasado una tímida normalización monetaria, la brecha con los elevados tipos estadounidenses sigue favoreciendo al dólar.
A este reto estructural se sumó este año el encarecimiento de la energía provocado por la guerra de Estados Unidos contra Irán. El archipiélago importa la inmensa mayoría del petróleo y gas que consume, por lo que cada subida del crudo castiga a los hogares e impulsa la inflación.
Para los consumidores japoneses, esto se traduce en facturas disparadas de luz, gasolina y alimentos importados. Sin embargo, un yen depreciado beneficia a las grandes multinacionales exportadoras y abarató el turismo extranjero, permitiendo al país encadenar cifras récord de visitantes.
El cálculo oculto de la Casa Blanca
En Washington, en cambio, un dólar excesivamente fuerte resta competitividad a las exportaciones estadounidenses. Pero existía una preocupación aún mayor en el Departamento del Tesoro: Japón posee más de 1,1 billones de dólares en bonos del Tesoro estadounidense.
Si Tokio hubiera necesitado liquidez para defender el yen en solitario, se habría visto obligado a vender parte de esa gigantesca cartera. Dicha venta habría disparado los rendimientos de la deuda estadounidense en un momento delicado, con unas cuentas públicas que ya superan los 39 billones de dólares de endeudamiento. En resumen: la Administración Trump también protegía el mercado de su propia deuda.
El papel clave de Scott Bessent
El principal artífice de la estrategia ha sido el secretario del Tesoro, Scott Bessent, gran conocedor de la economía japonesa por su etapa como gestor de fondos. Tras la operación, prometió que Washington hará “todo lo que sea necesario” para estabilizar la divisa asiática y evitar nuevas devaluaciones competitivas y turbulencias globales.
Sus palabras fueron interpretadas en Tokio como un respaldo diplomático y, sobre todo, como una señal política para que el Banco de Japón profundice en la normalización de su política monetaria. “Los comentarios de Bessent deben de ser música para los oídos de los halcones dentro del Banco de Japón”, resumía Naomi Muguruma, estratega jefe de renta fija en Mitsubishi UFJ Morgan Stanley Securities. “Me da la impresión de que una subida de tipos en septiembre es prácticamente un hecho”.
Para Japón, cuya alianza con Washington constituye el pilar de su política exterior desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la intervención confirma que el vínculo estratégico ya no se limita a portaaviones, bases militares o escudos antimisiles: ahora también se extiende al mercado de divisas.
Agencias

